Si su hijo (o alumno) está en riesgo de abandonar la lectura, lea esto

Profesores y escritores muy lectores nos trasladan sus pautas y recomendaciones para que la pasión por los libros no decaiga.
Saray MarquésMartes, 23 de abril de 2019
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La tasa de lectores frecuentes en España baja a partir de los 15 años. SEBRA

España tiene un problema con la comprensión lectora y con la sostenibilidad del hábito lector, para la que la adolescencia se convierte en una prueba de fuego. En el Día del Libro, en que se impone elaborar listas de lecturas recomendadas por edad, desde Magisterio nos hemos puesto en contacto con docentes, escritores (o docentes y escritores) que han hecho del fomento de la lectura desde las aulas una de sus preocupaciones fundamentales.

Es el caso de Toni Solano, que ha acreditado sobradamente que los inicios en la lectura, junto con el mantenimiento de la pasión por los libros, merecen toda su atención. No es extraño que sus hilos en Twitter generen toda suerte de reflexiones en torno al lugar de la lectura en la escuela. En este, del pasado verano, llamaba a los maestros de Primaria a dedicar las horas de Lengua a leer y escribir.

Como Solano, la investigadora Marta Ferrero cree que es clave consolidar el hábito lector, que el niño lea palabras con la velocidad y precisión adecuadas, para poder garantizar su comprensión cuando se da el salto de aprender a leer a leer para comprender: “Se debe abordar el retraso lector intensiva, sistemática y específicamente a lo largo de toda la escolaridad. Porque llegar a 3º o 4º de Primaria, una etapa clave, sin dominar el descifrado, cuando al niño ya se le pide que extraiga el significado de lo que lee, incide en el rendimiento académico y condiciona la vida de ese niño”.

A ellos, pero también al filósofo y pedagogo Gregorio Luri, a la maestra y escritora Carmen Guaita, al escritor y profesor Nando López, a la codirectora del laboratorio Emilia, Inés Miret, a la profesora de Lengua y Literatura Guadalupe Jover, al escritor y profesor José Manuel Gallardo, a la profesora Ana María Margallo, del grupo Gretel, al profesor universitario y escritor Enric Prats, a las escritoras Amaia Cía Abascal y María Menéndez-Ponte, a la experta en literatura infantil y juvenil Elisa Yuste, de Mejor en verde…, y a la maestra Pilar Ledesma les hemos pedido que nos trasladen sus experiencias lectoras y cómo creen ellos que se podría lograr que otros, como ellos en su día, encontraran en la lectura una pasión imposible de dejar.

Toni Solano: Obligar a leer sin listas cerradas

El profesor de Lengua y Literatura en el IES Bovalar de Castellón se muestra en contra de las lecturas obligatorias, pero a favor de que en la escuela se obligue a leer: “Cuando hablo de leer incluyo todo tipo de lecturas, no solo libros ni únicamente clásicos. Mi propuesta es dedicar horas a la lectura en el aula, lectura en voz alta o en silencio, lectura guiada y acompañada en el caso de los clásicos, y propuestas creativas a partir de la lectura.  Se trata de convertir la lectura en una experiencia inolvidable, en lo positivo por supuesto”.

Asegura que, hasta que apareció internet móvil, siempre llevó un libro encima. De sus primeros pinitos explica que fueron con lecturas “que quizá hoy no me recomendarían en clase”. Por ejemplo, devoraba Astérix y Tintín, los clásicos ilustrados de Bruguera o la serie de novelas juveniles de Alfred Hitchcock y Los tres investigadores.

Para sus alumnos de 4º de ESO cuenta con una serie de títulos recomendados que va actualizando, consciente de que “es difícil trasladar experiencias lectoras entre generaciones diferentes y en épocas y contextos tan distintos”. Al Solano adolescente le enganchó El hobbit y el universo de Tolkien y le impactó El guardián entre el centeno, de Salinger. También recuerda vivamente la lectura de La lluvia amarilla, de Julio Llamazares y Beatus Ille, de Muñoz Molina.

Marta Ferrero: La biblioteca, en el centro

Para Ferrero es clave para los centros educativos contar con “un buen servicio de biblioteca (bien equipada en cuanto a cantidad y calidad de los libros), a poder ser con un bibliotecario o bibliotecaria que no solo vele por el buen funcionamiento del espacio y sus servicios sino que también tenga un conocimiento amplio como para poder recomendar a los alumnos qué libros les pueden interesar en función de sus gustos y edad o curso escolar”. Una función que, apunta, también puede recaer en los profesores de aula, dispuestos no solo a recomendar sino, “en la medida de lo posible, a dedicar un tiempo dentro del aula para que los alumnos lean o para leerles algún fragmento de un determinado libro que pueda despertar su gusto hacia la lectura”.

Ferrero se recuerda como lectora pasiva, con su madre leyéndole cada noche un cuento antes de dormir, y después, como lectora activa, en sus primeras incursiones con las colecciones del Barco de Vapor (Un duende a rayas, Perrerías de un gato), con Las aventuras de Tom Sawyer o la colección de Los cinco. Les seguirían La historia interminable, Astérix y Obélix o Mortadelo y Filemón, hasta descubrir ya en BUP (el actual ESO) el realismo mágico de Borges, Cortázar o Gabriel García Márquez, o a Ana María Matute o Javier Marías.

Gregorio Luri: Obligatorias pero no indescifrables

Cuando Gregorio Luri descubrió el realismo mágico le supo a poco. Hasta los 11 años había crecido como lector insaciable de tebeos y “apasionado oidor” de las historias de la Biblia que les leía el maestro. Desde esa edad empezó a leer todo lo que caía en sus manos: Salgari, Karl May, Stevenson, las vidas de santos… Con discreción, eso sí, porque cuando a los 10 había sacado una novela de la biblioteca porque le había gustado la portada, El conde de Montecristo, en casa le echaron la bronca porque lo que tenía que hacer era estudiar, no perder el tiempo leyendo novelas. Con la misma discreción recuerda haber devorado “sin entender nada, pero imaginando mucho” La dama de las camelias, que su hermana guardaba en la parte más elevada de su estantería. El placer se fue consolidando y aún hoy se recuerda, ya con 12 años, leyendo en el caballete del tejado del colegio, con una pierna a cada faldón, “fumando sin saber fumar”.

Hoy, Luri es partidario de las lecturas obligatorias, “porque sólo el maestro sabe lo que el alumno no sabe”: “No deben tener más de un 10% de vocabulario desconocido para el alumno… pero tampoco menos”.

Carmen Guaita: Releer desde los ojos de los alumnos

No le gustan las listas de libros obligatorios, porque cree que cada profesor es libre de escoger el tipo de lecturas que más le puedan apasionar a los alumnos, de acuerdo a sus intereses y su perfil. Lectora voraz desde pequeña, puntualiza que sobre todo es “relectora”: “Creo que es lo que más me caracteriza. Este año me propuse como reto volver a leer los libros que me impresionaron a los 18 años y he vuelto a verme y he recobrado vivencias, pero a la vez he comprobado cómo los libros pueden decirte cosas distintas en diferentes épocas de la vida”. Guaita entiende que es deber del maestro transmitir a sus alumnos las lecturas que le han apasionado. En su caso, por ejemplo, Julio Verne. Precisamente este año está compartiendo con sus alumnos de 6º de Primaria Miguel Strogoff: “Todos estamos disfrutando. Yo siento la felicidad de releer desde sus ojos uno de los libros de mi infancia”.

Nando López: Compartir, nunca examinar

“Estoy a favor de proponer y compartir lecturas en el aula para que el profesor pueda abrir las puertas de esa lectura, acompañar, y así el libro se convierta en una forma de dialogar. Cuando se trata de libros contemporáneos es una manera muy útil de poner nuestra realidad encima de la mesa y cuando se trata de clásicos es importante recordar que para muchas y muchos jóvenes sus profesores van a ser su única oportunidad de acercarse a esos textos, y me parecería muy egoísta privarles de la belleza de la poesía de Lorca, de la libertad que se respira en las páginas del Quijote, o de la fuerza de autoras como Sor Juana Inés o María de Zayas. Creo que es muy importante acercar estos títulos desde la pasión que nos despiertan”, comienza López.

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Creo que es muy importante acercar los títulos desde la pasión que nos despiertan

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“De lo que estoy en contra y voy a estarlo siempre es de los exámenes de lectura. Creo que convertir un libro en un objeto de examen es matar el placer de leer. Muchas veces se condena al lector a hacer un recorrido casi memorístico por sus páginas para fijarse en detalles argumentales que pueda luego responder en la prueba. Hay otras maneras de trabajar el libro en las aulas como las tertulias o los debates”.

López es muy lector y siempre lo ha sido: “La literatura forma parte de mis recuerdos de infancia. Me recuerdo desde muy pequeño con un libro en las manos. Mi madre es muy muy lectora y a mi padre le encantaba contarnos cuentos a mi hermano y a mí”. En la adolescencia la literatura se convirtió en una suerte de refugio: “Era el lugar donde yo me encontraba a mí mismo, donde podía ver reflejos de mis preguntas, de mis inquietudes, de todo aquello que me torturaba de algún modo”, reconoce.

A los adolescentes, para quienes escribe y a quienes ha dado clase, les suele recomendar los libros que le influyeron con su edad: “Me marcó conocer a las hermanas Brontë, y concretamente dos títulos, Jane Eyre y Cumbres borrascosas, que conectan fenomenal con un lector joven. Me impactó y me resultó apasionante la poesía de Cernuda. La realidad y el deseo es un libro que he releído mil veces. Me resultó poderosísima la prosa de Juan Rulfo. Pedro Páramo es uno de los libros que cambió para siempre mi manera de entender la literatura. Me fascinó la voz de Carmen Laforet en Nada. Creo que sigue teniendo muchísima vigencia y habla muy bien de las dudas de ese paso de la adolescencia a la edad adulta a través de su personaje protagonista. Y otra novela que también me marcó y la prueba es que está presente en mi última novela publicada, En las redes del miedo, es El guardián entre el centeno, de Salinger, que creo que es otro libro que cualquiera debería leer al menos una vez en su vida.

Inés Miret: Crear complicidades

Miret descarta la obligatoriedad pero aplaude las buenas recomendaciones, el acercamiento de las mejores obras a los niños y jóvenes: “Crear complicidades es la mejor vía para formar lectores críticos e independientes”.

Criada entre decenas de miles de libros, considera que “el ambiente de lectura en el hogar es un aliado importantísimo” y defiende el papel esencial que juegan la escuela, la biblioteca del barrio y los proyectos comunitarios para aquellos niños y jóvenes que no cuentan con las mismas oportunidades.

De entre todas las lecturas que le han atrapado recomienda Emigrantes, de Shaun Tan, un libro ilustrado para todas las edades: “Nos invita a ponernos en la piel de otros para vernos a nosotros mismos. Se trata de una historia contada con una potentísima propuesta visual”.

Guadalupe Jover: Hablar antes de recomendar

Profesora de Lengua y Literatura, Guadalupe Jover está “muy a favor” de “lecturas compartidas y acompañadas en el aula” pero no “del libro obligatorio leído a solas y orientado al examen de turno”. Proveer de espacios, tiempos y fondos para la lectura libre y autónoma a través de la biblioteca escolar es para ella tan importante como la selección de lecturas recomendadas desde la escuela: “Su capacidad prescriptora es una oportunidad preciosa que no podemos dilapidar. Los lectores más frágiles probablemente no tendrán más experiencia lectora que la que se le brinde en el aula, por eso esas lecturas no pueden ser las mismas ni todos los años, ni en todos los grupos, ni en todos los centros, sino que dependerán de cada contexto escolar”.

Lectora voraz desde la infancia, hoy recuerda el descubrimiento que supusieron de Los Cinco a Los tres mosqueteros, de Sherlock Holmes a Mujercitas, de Astérix a Matar un ruiseñor-… “Pero, salvo excepciones, no las recomendaría hoy a mis estudiantes, al menos no en general. Prefiero las recomendaciones personalizadas tras una conversación sostenida de manera intermitente a lo largo del curso, la única manera de ir conociendo los gustos e inquietudes de cada lector o lectora”.

José Manuel Gallardo: Si no te gusta, busca otro título

Se declara a favor de “elaborar una lista de lecturas y de que en la escuela mantengamos la obligación (al menos en la asignatura de Literatura) de leer” pero en contra “de la lectura única obligatoria para todos los alumnos”: “Considero más apropiado hacer un listado largo de lecturas donde los alumnos puedan elegir e incluso poder sugerirles títulos fuera de esa lista según sus aficiones e intereses. Además, me parece que va en contra de la lectura obligar a que terminen un libro que no les ha gustado; hay tanto que leer que, si no les gusta, deberían escoger otro”.

Se reconoce buen lector, “quizá algo tardío”, con Los cinco, de Enid Blyton, descubierto con nueve o diez años, como detonante de su pasión por la lectura.

Cuestiona las recomendaciones cerradas por edad –“Creo que hay que dejar a los alumnos acercarse a cualquier libro, aunque no parezca “de su edad”; no siempre la literatura juvenil es la mejor recomendación y no siempre hay que olvidar los clásicos”– y las adaptaciones –“Prefiero que lean obras más sencillas a obras complejas adaptadas. El argumento no es lo principal en el disfrute de la lectura. El estilo del autor es fundamental”–.

Entre los títulos que se le vienen a la cabeza y explican por qué nunca ha parado de leer, El diablo de la botella y otros cuentos de Stevenson, La historia interminable de Michael Ende o La voz a ti debida de Salinas. “Según las edades y los intereses podría seguir con San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, Otra vuelta de tuerca de Henry James o El coloquio de los perros de Cervantes”.

Ana María Margallo: Guiar, no controlar

“El rechazo que provocan las lecturas obligatorias proviene de la metodología con la que se han abordado, que suele limitarse al control de lectura. Conviene renovar estas prácticas con una mediación inteligente con actividades que ayuden al alumno a descubrir el significado de la obra, sus mecanismos de construcción. La escuela es la responsable de enseñar formas de leer libros complejos y eso sólo puede hacerse con la ayuda del docente”, comienza Margallo. Ella es partidaria de que se propongan lecturas comunes para todo el grupo, “y por tanto obligatorias”, seleccionadas “con criterios de calidad”. Han de presentar, además, “cierto desafío para los alumnos, que dé sentido a la modalidad de lectura guiada”. Al tiempo, estas lecturas “han de convivir con la lectura autónoma, en que el alumno lea obras que escoge libremente”.

Lectora empedernida, se inició con esas obras “inconfesables”, como las novelas rosas o las series de Enid Blyton que compartía con sus amigas. “En cambio, las que me hicieron disfrutar a otro nivel y me convirtieron de verdad en lectora fueron las que supusieron un impacto intelectual, y aquí recuerdo a Cortázar o las que me descubrieron una voz poderosa, como las de García Márquez”, rememora. “Para extrapolar esta experiencia a mis alumnos, les recomendaría en el primer nivel obras que enganchen (según los gustos de cada uno y las modas del momento). Y, para convertirse en lectores, obras potentes, de las que te hacen levantar la cabeza del libro. De nuevo, dependería del lector que tenga delante, pero una obra que me parece poderosa para un joven es las Cartas a un joven poeta de Rilke”.

Enric Prats: Leer más para vivir más

“Obligar no es la mejor receta, puesto que toda imposición no juega a favor del hábito lector a medio plazo. Casi me situaría en el polo opuesto y prohibiría algunas lecturas, a ver si despertamos la curiosidad por lo prohibido”, bromea. Sin obligar, considera que hay textos que “hay que trabajar, a modo de canon, como referentes o ejemplos, tanto formales como de contenido”.

Sus padres recuerdan que fue lector precoz y que incluso antes de ir a la escuela leía la prensa diaria en casa. Después vendrían Salgari, Enid Blyton, Stevenson, Cervantes, los clásicos de las aventuras. Después, Luis Martín Santos, Juan Marsé, Kundera… “A mis alumnos no solo les recomiendo que no dejen de leer sino que si quieren alargar su existencia en este mundo lean el doble o el triple, para vivir dos o tres veces”, asevera.

Amaia Cía Abascal: Buena selección y buenos maestros

En la escuela, Cía Abascal ve bien que se obligue a leer determinados libros: “Si se hace una buena selección y tienes la suerte de que un buen maestro te ayude a apreciar y entender lo que estás leyendo, la lectura se convierte en un arte y una fuente de placer para toda tu vida”. En su caso, Cuentos por teléfono, de Gianni Rodari, un regalo de sus padres cuando era pequeña, abrió la veda. Junto con esta obra, recuerda otras que le encantaron siendo niña, como Marabajo de Pablo Albo, El mago de Oz de Frank Baum, Soy una nuez de Beatriz Osés, La alucinante historia de Juanito Tot y Veronica Flut de Andrés Barba, Mi vecino de abajo de Daniel Nesquens y todos los libros de poesías de Gloria Fuertes.

¿Listas de libros recomendados? Sí, “siempre y cuando se diga quién hace esa recomendación, para saber si viene de gente formada y con criterio o de particulares sin mucho más que buenas intenciones”.

María Menéndez-Ponte: Contra lo políticamente correcto

Muy crítica con el actual sistema educativo, “aberrante y demencial”, plantea su alternativa: “Dice Daniel Pennac que el verbo leer no soporta el imperativo, y yo estoy muy de acuerdo. Lo ideal sería que en Primaria la lectura ocupara la totalidad del horario lectivo junto con el aprendizaje de las cuatro reglas y el desarrollo de la lógica, las artes y el deporte. En esa lectura incluiría narrativa, poesía, teatro, prensa, libros de conocimiento del medio, biografías de personajes notables… Leyendo cientos de libros al año, el niño adquiriría una base lingüística y cultural fabulosa, los cimientos para luego acometer el estudio gramatical, la historia, la geografía y las ciencias”. Mientras no sea así, considera que se está empezando la casa por el tejado: “Los niños estudian gramática desde los siete años, dando todos los años lo mismo pero un poco más, y llegan a bachillerato sin saber qué es el sujeto y el predicado, mientras se recurre a la farsa de mandar tres libros obligatorios al año, uno por trimestre, para cubrir el expediente de la lectura”.

 

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Dice Daniel Pennac que el verbo leer no soporta el imperativo (...)

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Mientras no se le dé la vuelta al sistema, propone las reflexiones en voz alta sobre lo leído o los encuentros con los autores. Y daría más margen para elegir a los pequeños, “por ejemplo, leyéndoles un capítulo de varios libros para que ellos decidan cuáles les apetece leer o dejándoles escoger libros en la biblioteca para exponer a los demás sus razones y votar luego”.

Menéndez-Ponte reconoce que de pequeña a menudo se hacía la enferma para poder quedarse en casa y seguir leyendo todo el día. Sentía que no encajaba y descubrir a Celia, de Elena Fortún, a Guillermo Brown, Peter Pan, Alicia y tantos otros personajes, le hizo darse cuenta de que había otros niños como ella: “Eso me hacía sentir bien, entender mejor ese mundo tan raro en el que había aterrizado y vivir aventuras apasionantes”.

Consciente de que sus lecturas de cabecera de entonces no tienen por qué atrapar a los niños de hoy, “criados en un mundo altamente tecnológico y con una infancia distinta a la mía”, si fuera su maestra trataría de contagiarles su pasión por Roal Dahl, Dickens, Delibes, Ana Mª Matute o Stevenson, entre otros. “Lo que tengo claro es que huiría de esa literatura políticamente correcta, doctrinaria y blandita que hace años se puso tan de moda en la escuela”, zanja.

Elisa Yuste: Nunca es tarde

Y rieron los malos, de Ellen Holmboe, El efecto Frankenstein, de Elia Barceló, En busca de lo salvaje, de Megan Wagner Lloyd… Los títulos recomendados por Elisa Yuste, a los que concede el sello de calidad Mejor en verde… rozan la treintena. Gran apasionada de la literatura infantil y juvenil, sin embargo la descubrió de adulta y confiesa que de niña no le gustaba leer y se enfadaba cuando le regalaban libros por su cumpleaños: “Me empezó a gustar en la facultad. Mi idea era Traducción y no entré, así que me decanté por Filología inglesa para hacer tiempo y volver a intentarlo. Nunca lo hice, en mi primer año tuve la suerte de encontrarme con el que sería uno de mis grandes maestros, Ricardo Senabre, que me contagió el gusto por la lectura y el interés por su estudio. Y desde ese momento no he parado de leer, de estudiar…”.

Con su repositorio de lecturas infantiles y juveniles a disposición de todos los interesados, disiente de la lectura por obligación si de lo que se trata es de promover el interés y el gusto por ella, aunque concede que “para enseñar a leer o enseñar Literatura sí puede que sea necesaria”.

Pilar Ledesma: Libros que dejan huella

Para Pilar Ledesma de entrada se ha de huir de las lecturas obligatorias, sobre todo “si no van acompañadas de una buena mediación que ayude a comprender e incentivar el gusto por la lectura”. Al tiempo, recuerda que “es importante que la selección se base en criterios de adecuación y calidad, lo que, pese a parecer una obviedad, muchas veces no se cumple”.

No fue hasta bien mayor que Ledesma se convirtió en lectora: “No tuve una buena biblioteca ni un ambiente letrado. Fueron algunos docentes los que consiguieron que me interesara por la lectura y la casualidad de leer de manera fortuita La casa de los espíritus, siendo ya una joven estudiante de Magisterio”.

Se decanta por recomendaciones de cuentos tradicionales –“Los de verdad”– y Érase 21 veces Caperucita Roja, relatos como Cuentos como pulgas (Kalandraka) y autores como Roald Dahl, Anthony Browne, Quentin Blake, Elisa Arguilé, Daniel Nesquens, Ana Lartitegui, Bernardo Atxaga, Karmelo Iribarren o Pep Bruno, entre otros muchos.

Entre los libros que dejan huella en los niños y niñas que se inician y progresan menciona, por este orden, Historias de ratones de Lobel, Donde viven los monstruos de Sendak, Perro Azul de Nadja, La verdadera Historia de los tres cerditos, de Scieszka y El guardián del olvido de Gisbert.

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