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Magisterio Dossier Un espacio para el análisis educativo

La gran impostura (formativa)

Cuando la “super formación” desemboca en la “sobrecualificación”, la sociedad está despilfarrando los recursos que ha empleado en la primera, mientras que la segunda refleja tanto la realidad de una economía poco productiva como la de un sistema educativo y formativo que ha fracasado de manera palmaria.
José A. HercéMiércoles, 21 de septiembre de 2022
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© FRESHIDEA

Está muy extendida la opinión de que los jóvenes españoles de hace unos años para acá constituyen las generaciones mejor formadas de nuestra historia. Así como la de que, dada la precariedad de los empleos que desempeñan, hacen esto último dotados de una “sobrecualificación” que supera en mucho los requerimientos de las tareas que realizan.

Debe entenderse la “sobrecualificación” como una situación caracterizada por una distancia excesiva entre la formación de un trabajador y los requerimientos del trabajo que realiza, y no desde el punto de vista exclusivo del capital humano que cada trabajador incorpora (mucho o poco), que cuanto más mejor. En este último plano, no cabría hablar de exceso de formación salvo en casos aislados. Pero, confrontados a un mercado de trabajo muy ineficiente, como es el español, con escasa oferta de empleos verdaderamente cualificados, multitud de trabajadores, especialmente jóvenes, que han tenido acceso a la Educación Superior, se encuentran en una situación en la que, sin poseer necesariamente un capital humano sobresaliente, están, como se decía hace unos años, sobradamente preparados para desempeñar los trabajos existentes.

Cuando la “superformación” desemboca en la “sobrecualificación”, la sociedad está despilfarrando los recursos que ha empleado en la primera, mientras que la segunda refleja tanto la realidad de una economía poco productiva como la de un sistema educativo y formativo que ha fracasado de manera palmaria. En estas condiciones, además, no hay forma de saber si la formación superior que han recibido los jóvenes está dictada por su capricho o la moda (¡todos a “Imagen y sonido”!), las necesidades del aparato productivo o una mecánica institucional del sistema universitario que asigna las opciones de los jóvenes de manera arbitraria a las plazas disponibles, frustrando a la mayoría.

Cada época histórica tiene sus características propias. Los nacidos hace setenta años, justo en el medio del siglo pasado, pertenecemos a unas cohortes en las que solo el 10% acabó teniendo estudios superiores, la misma tasa, por cierto, de quienes solo acabaron teniendo estudios medios en estas mismas cohortes. Las cohortes nacidas en los años setenta del siglo pasado, tan solo dos décadas después de las anteriormente mencionadas, superan ya el 30% de estudios superiores y el 38% de estudios medios. Mientras que en 1950 los estudiantes universitarios matriculados (facultades y escuelas técnicas) no llegaban a los 200.000, en 1998 superaban el millón de alumnos y, en la actualidad, pasan de 1,6 millones de alumnos matriculados. La población de 18 a 24 años, entre 1950 y 2020, ha pasado de 1,9 millones (un 6,8% del total) a 3,3 millones (un 7,1% del total)1.

El fenómeno de la “sobrecualificación” es pues relativo al desarrollo del mercado de trabajo y la economía en cada época también y es bien posible que hace medio siglo, estando la economía española en un nivel de desarrollo muy inferior al actual, sin embargo, hubiese verdadera escasez de trabajadores cualificados para los incipientes empleos avanzados que empezaban a crearse, no siendo insignificante el número de universitarios que ya poblaban el mercado de trabajo en los años setenta, cuando la población activa oscilaba alrededor de los trece millones de trabajadores. Frente a la situación actual en la que la oferta de trabajadores con estudios superiores es masiva y, a todas luces, excesiva para los requerimientos de las empresas. En general claro, porque, al mismo tiempo, se constata una y otra vez, aquí y allá, escasez de las cualificaciones requeridas por los empleos avanzados de la era digital.

Pero lo anteriormente dicho, acerca de la “sobrecualificación” de los jóvenes actuales, aceptando que es posible sustanciar un fenómeno como este, no es todo. Aunque lo que voy a mencionar a continuación apenas es conocido, resulta que muchos trabajadores españoles ocupan puestos de trabajo cuyos requerimientos van más allá de las cualificaciones que su nivel formativo revelado les permite acreditar. En concreto, como puede apreciarse en el muy elocuente cuadro A, la proporción de ocupados cuyas cualificaciones son inferiores a las requeridas para el desempeño del puesto de trabajo que ocupan es nada menos que del 11,3%.

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La proporción de ocupados cuyas cualificaciones son inferiores a las requeridas para el puesto es del 11,3%

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Naturalmente, más alarmante es que el 37,7% de los ocupados posean cualificaciones que son superiores a las requeridas para el desempeño de los puestos que ocupan, la famosa “sobrecualificación”. Y, la verdad, el que “solo” el 51% de los ocupados tengan un encaje adecuado de su formación con las demandas del puesto de trabajo que ocupan es, cuando menos, síntoma de un grave problema en el complejo formativo-laboral.

Todo lo anterior admite, más bien exige, importantes matizaciones referidas a la exactitud y el rigor de los conceptos de “sobre” e “infra” cualificación manejados y las clasificaciones utilizadas (tanto de niveles formativos como de calidad de los empleos). Pero revela, bajo un cierto orden conceptual, el desaguisado que se cocina en el eslabón formativo del ciclo vital y su consecuencia en el eslabón laboral. La formación continua, otra asignatura pendiente en España, no resuelve el problema que llega al mercado de trabajo desde el “mercado formativo”.

Todo esto se parece a una descomunal impostura formativa y productiva que, sin duda, está en la base del estancamiento de la productividad de la economía española que muchos autores llevan años denunciando3. Y no quepa ninguna duda de que lo que augura para el último eslabón del ciclo vital, que es el de la jubilación, tampoco es bueno. La Seguridad Social, lo he comentado muchas veces, arregla en buena medida los problemas que le llegan de un mercado de trabajo precarizado y poco remunerador.

Es evidente que estos problemas son el resultado de la desorganización de la formación. Si la formación fuese buena, los trabajos también lo serían y, consecuentemente, lo serían las pensiones sin necesidad de forzar la máquina de la solidaridad como lo hace la Seguridad Social. El que, pese a lo que se cree comúnmente, las pensiones sean tan buenas como lo son las que tenemos en España, con un mercado de trabajo y una formación tan deficientes cuyos resultados están a la vista, es un milagro de la solidaridad que no puede sostenerse por mucho tiempo más. 

Este artículo forma parte del informe anual, el séptimo de la serie titulada Indicadores comentados sobre el estado del sistema educativo español. La Fundación Ramón Areces y la Fundación Europea Sociedad y Educación reúnen, desde 2015, una selección de datos descriptivos sobre la situación y evolución del sistema educativo español, utilizando fuentes estadísticas y estudios nacionales e internacionales, y los abordan desde una perspectiva comparada y actualizada a 2021.

Notas:

1. Las fuentes de las que proceden los datos de base elaborados en este párrafo proceden de Estadísticas Históricas de España de Albert Carreras y Xavier Tafunell, Fundación BBVA, 2005 (https://www.fbbva.es/wp-content/uploads/2017/05/dat/DE_2006_ estadisticas_historicas.pdf) y del INE.

2. El cuadro que se presenta es uno de los más elocuentes que se pueden encontrar, regularmente actualizados, en el excelente análisis mensual del mercado de trabajo español que se realiza en el Avance del Mercado Laboral (AML) de Asempleo (https://asempleo.com/servicio-estudios/boleti-nes/), la asociación de empresas de trabajo temporal. El trabajo técnico del AML corresponde al equipo de Economía Aplicada de Afi .

3. Véase https://nadaesgratis.es/admin/la-desace-leracion-de-la-productividad-en-espana-una-vi-sion-de-largo-plazo para un elocuente análisis del brusco parón de la Productividad Total de los Factores desde mediados de los años ochenta del siglo pasado a cargo de Leandro Prados de la Escosura y Joan R. Rosés.

José  A. Hercé es doctor en Economía y socio fundador de LoRIS    

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