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Jesús Quintero, el último Sócrates

Muy cuerdo, provocaste al personal pretendiendo, entre silencios, hacer realidad el presagio de McLuhan: una aldea que, en mitad de la inmensidad, nos hiciera pequeños. Tú la llamaste colina.
Rubén Villalba
@elentrevistologo | Redactor de Magisterio
4 de octubre de 2022
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El periodista Jesús Quintero, conocido por su particular forma de entrevistar, falleció ayer a los 82 años

Llego tarde. Lo sé. No es que deje lo importante para última hora, aunque lo importante, ay, se hace siempre esperar. A menudo suelo pensarme mucho las cosas. En eso, creo, me parezco a ti. O quizá no. En realidad, no te conozco. Lo siento. Desde niño tiendo a engrandecer: mitómano diagnosticado. Suelen avisármelo y hasta echármelo en cara: “¡Qué sabrás tú!”. En defensa propia, suelo responder: “¡Qué más quisieras tú!”. Detecto, en quienes dicen conocer a una persona, cierta tendencia a echar por tierra al personaje. No: la frustración propia no puede invalidar el mérito ajeno.

¿Somos esclavos de nuestro fracaso, Jesús? Quizá tú lo fuiste de tu éxito y si el tuyo se debió a tu personaje, y no a tu persona, poco me importa: más vale el hecho que la sospecha o no tuviste otra que hacerte El loco para cumplir tu empresa. Muy cuerdo provocaste, como Sócrates, al personal pretendiendo, entre silencios, hacer realidad el presagio de McLuhan: una aldea que, en mitad de la inmensidad, nos hiciera pequeños. Tú la llamaste colina. Todos en ella se entendían: desde La Pasionaria a José María Aznar. La más alta estrella compartía crisis existencial con quien nada tenía que llevarse a la boca. Quitabas tierra de por medio: no fue otro quizá tu mérito. Y si para ti solo fue, como algunos dicen, un pasatiempo, gracias: nos hizo, mientras duró, más pasajero el tiempo.

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En tu colina la más alta estrella compartía crisis existencial con quien nada tenía que llevarse a la boca. Quitabas tierra de por medio: no fue otro quizá tu mérito

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¿Te metiste donde no te llamaban? Puede ser, pero dímelo tú. En España el periodista, por mucho que valga, pregunta hasta que incomoda al que paga. O una de dos: se vende o sigue sin micrófono preguntando. ¿Cómo un genio puede estar en el paro? Tras conocerse tu muerte, te elogian hoy radios, periódicos y televisiones que nada de ti sabían hasta ayer. O quizá solo le importaste por tu mala salud o supuesta ruina. Tú no tuviste apuro en admitirla: “Crees que todo me va bien y, sin embargo, debo seis millones”, advertías en los 80 en El País, en plena cresta de tu ola.

¿Cómo se siente el personaje cuando ya solo es noticia por su persona? Te has mantenido fiel a tu silencio: no sé si por principios o porque de verdad ya nada tenías que decir. ¿Se te acaban a ti también las preguntas? Teresa Viejo no hace mucho me decía que en España al rebelde primero se le admira y después se le critica. ¿Por qué? Quizá te descoloque tanto como a mí esta pregunta. Y, sin hallar respuesta, aquel día, en la Universidad de Málaga, cambiaste embravecido tu fina ironía por incendiarias palabras contra Alsina. Te tocó, en sentido estricto, la moral, o sea, tu manera de entender una profesión que a ti ya poco te entiende.

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Aquel día cambiaste embravecido tu habitual ironía por incendiarias palabras contra Alsina: te tocó, en sentido estricto, la moral, o sea, tu manera de entender una profesión que a ti ya poco te entiende

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Tranquilo. Se entendió tu acto en defensa propia. Nadie, en cambio, se percató de lo que allí acontecía: dos épocas en simbólica lucha ante los futuros periodistas; la que se resiste y la que, asentada ya; no le deja paso; el por qué frente al para qué. Fue aquella intervención tuya, para mí, la agonía de un periodismo que no resucitará. No puede uno vivir de la nostalgia, pero tampoco ridiculizarla. Hubiese preferido la abdicación a la deposición. Y pude ser yo uno de esos jóvenes que, desde el auditorio, te admiraban tanto como repetían la misma pregunta: ¿podemos hoy ganarnos el pan con lo que tú hacías? Fue, en verdad, tu Apología: la defensa última de un Sócrates contemporáneo ante una Heliea que, por no reconocer a los nuevos dioses, te juzgaba.

¿Qué te quedó por decir? Aquel día como loco sacabas argumentos de un libro que entonces te sirvió de arma arrojadiza. No por casualidad lo traías de casa: Trece noches es, más que un libro, último reducto del periodismo socrático, la entrevista que más se acercó a su padre. Recogen sus páginas lo que durante 13 noches Antonio Gala y tú en televisión, largo y tendido, hablasteis: de la vida a la muerte. Espectáculo sapiencial que no ha vuelto a repetirse. En tus preguntas, Jesús, hallé respuestas y en las respuestas de Gala hallé preguntas que por sabidas daba.

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Fue, en verdad, tu 'Apología': la defensa última de un Sócrates contemporáneo ante una Heliea que, por no reconocer a los actuales dioses, te juzgaba

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¿Cómo es que este libro no figura aún en los planes de estudio? Quizá en él también hablasteis demasiado y conviene no descubrir la receta a quienes hoy se la venden por fascículos. Volverían a acusarte, como a Sócrates, de corromper a los jóvenes, hoy tan formados como despistados: basta, dicen, con que nos hagamos del asunto una idea general. Me temo, Jesús, que no solo la televisión se ha convertido en negocio: se habla del tallo, pero no de la raíz; y cuando no hay problemas los crean para vendernos soluciones. ¿Soy yo el único que lo ve o estoy, como tú, volviéndome loco?

Cuando en una entrevista he osado a preguntar, pongamos por caso, para qué vivimos, me han increpado. Siento que uno incordia cuando se sale del guion: ¿para qué explorar el fondo cuando ya solo importa la superficie? En un momento en que todo es rápido, pactado y previsible no hay lugar para la duda: solo certezas que den rédito. “¿Qué gano yo a cambio de que tú me entrevistes?”, me han llegado a regatear. Por eso yo, con tu muerte, me siento aún más huérfano: parte contigo un periodismo utópico que no por quimérico abandonaste. “Ya nadie habla de la utopía”, lamentabas en tu última entrevista a Gala. A lo que él, en su línea, respondía: “Es que tiene nombre de tía rara”. Pues eso.

¿Sabes, Jesús? Ando investigando una nueva forma de hacer entrevistas. Llevo tiempo queriéndotelo decir, aunque por hache o por be nunca te escribí ni levanté el teléfono. No sé si por hache o por be o, en realidad, por respeto —acaso miedo— a tu respuesta. ¿Por dónde empiezo? ¿Lo entenderá? ¿Haré el ridículo? Entre mis dudas y tus achaques, tú ya te has ido. No ha podido ser. Por algo será. Quizá ni tú me entiendas.

Soy, dicen, un perro verde. ¿Te suena?

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