La pregunta se repite en las aulas con una naturalidad que debería hacernos pensar. Detrás de ella no siempre hay desinterés ni ganas de estudiar menos, sino una forma de entender el aprendizaje que la propia escuela puede haber contribuido a construir.
Opinión
Un alumno mira continuamente hacia la puerta, otra parece ausente durante la explicación. Uno salta ante cualquier ruido, otro responde con irritación a una corrección aparentemente pequeña. Desde el pupitre del profesor, estas conductas pueden parecer falta de atención, desinterés o desafío. Desde el cerebro del alumno, quizá esté ocurriendo algo muy diferente: una parte de su atención está ocupada intentando mantenerse a salvo.
En los debates educativos estamos muy cansados de estereotipos y mantras que, sin ningún rigor científico, se arrojan a la palestra y “didaskalia” a modo de frentismo. La especulación retórica carente de fundamento, la hojarasca hueca sobre asuntos educativos entra en bucle, degenerándose. Situar el centro del debate en lo técnico, lo científico y pedagógico es vital. Es muy fácil y cómodo defender las utopías cuando las consecuencias de aquellas la sufren otros. Necesitamos una educación basada en evidencias sólidas.
Existe una máxima asociada a las personas con altas capacidades intelectuales que se resume en «Todo me aburre soberanamente». Esto es precisamente lo que puede llevarlas a preferir la soledad y a mantener menos relaciones interpersonales.
El reto educativo no consiste en decidir si usamos inteligencia artificial, sino en formar a estudiantes, docentes y centros para dominarla sin delegar en ella aquello que necesitamos seguir aprendiendo, enseñando y decidiendo.
La variedad de estos centros fue tan rica como el número de instituciones que los promovieron. Por el camino algunos sus impulsores –desgraciadamente, no todos– descubrieron que había que contar con la implicación de sus residentes; además, la identidad colegial era inseparable de las ideas de estudio, cultura y universidad, no siempre boyantes, ni entonces ni ahora.
Queremos que los alumnos lean más, pero pocas veces nos preguntamos qué están aprendiendo sobre la lectura mientras lo hacen. Si cada libro acaba convertido en una obligación, una ficha o un examen, corremos el riesgo de que aprendan a terminar libros sin llegar nunca a convertirse en lectores.
Siéntate esta noche con un chaval de 17 años y pregúntale qué quiere ser de mayor. En la mayoría de los casos vas a recibir una de dos respuestas. La primera es universal, influencer, y no tiene nada de española: es de esta época, y pasa en Ohio igual que en Oviedo. La segunda, con esta intensidad, casi no se da fuera de aquí: funcionario.
¿No tenéis la sensación de que todo el mundo busca un diagnóstico para que se lo clasifique como persona neurodivergente? ¿Que ser neurotípico se considera algo aburrido y que no otorga un determinado estatus?


