Cada 22 de abril, el Día de la Tierra recuerda la importancia de proteger el planeta en el que vivimos. Pero, más allá de ser una fecha señalada en el calendario, este día tiene que servir para reflexionar: ¿estamos preparando a nuestros alumnos para cuidar el entorno natural que nos rodea? La respuesta a esta pregunta está en las propias aulas.
Opinión
Quienes nos dedicamos de forma habitual a la formación del profesorado en activo somos, por lo general, conscientes de sus limitaciones. Estas suelen coincidir con lo que señala gran parte de la evidencia científica en este ámbito: formaciones que, tras una exposición científico-técnica, no tienen medios para abordar la transferencia real al aula de lo aprendido; que no permiten el seguimiento ni la resolución de dudas que surgen en la práctica; que no tienen mecanismos sólidos para evaluar ni el aprendizaje de los asistentes ni su impacto en el progreso del alumnado; que están poco conectadas con la aplicación de programas educativos concretos y que no consideran los centros desde una perspectiva holística. A esto hay que añadir que, a menudo, se falla lamentablemente en alinear de forma razonable los contenidos impartidos con las mejores fuentes de conocimiento disponibles, así como de conectarlas adecuadamente con el currículo. No obstante, pese a los posibles errores cometidos, me parece, mayormente, un problema estructural que trasciende la búsqueda de responsabilidades individuales.
¿Y si todavía no hemos diseñado el ecosistema educativo que realmente necesitan los niños, adolescentes y adultos con altas capacidades? Tras años de asistir a conferencias y escuchar a expertos, una realidad se impone: en pleno 2026, seguimos careciendo de un formato que se adapte de forma genuina a este colectivo.





