Pablo llegó a la conversación con una biblioteca debajo del brazo y con una idea clara: hablar de salud mental sin adornos, sin culpabilizar a quien sufre y sin mirar hacia otro lado cuando la educación, las familias o las pantallas complican todavía más el crecimiento de niños y adolescentes. A propósito de El niño Pisaflores, el autor defendió que el enfado no es un enemigo, sino una emoción que hay que aprender a reconocer, canalizar y nombrar desde la infancia.






