Cataluña ha consolidado una de las infraestructuras digitales más avanzadas de Europa, con un acceso a internet que roza la universalidad (98,5%) y una participación escolar casi total. Sin embargo, este despliegue técnico y de acceso ha acabado revelándose como un espejismo de progreso. Bajo la superficie de la hiperconectividad, el sistema educativo catalán atraviesa una quiebra del ascensor social y una erosión de capital humano sin precedentes.




