El niño como inversión

Hace escasas semanas una madre perdió la custodia de sus dos hijos. Los niños salieron de un casting permanente y volvieron al colegio. Este es un reportaje sobre cómo una sociedad obsesionada con el espectáculo, la fama y el dinero rápido puede devorar infancias.

Autor: ANGEL PEÑA

Cuando el pequeño Macauly Caulkin creció se encontró con una soledad terrible, de alcohol y desvarío en plena adolescencia, mucho peor que la que sufría su personaje en la simpática Solo en casa. A éste lo olvidaron sus padres al irse de viaje, dejándole a merced de unos cacos ineptos y, a la postre, inofensivos, incluso cómicos. A Macauly no lo olvidó nadie, al contrario, su precoz fama le apuntó con miles de focos, y su cuenta corriente –a la que no podía acceder por su supuesta condición de niño– engordaba. Y se rompió. Como tantos otros juguetes. Las ambiciones equivocadas o, simplemente, la pura avaricia de padres y representantes recolectaron antes de tiempo su talento.
El fenómeno del niño prodigio explotado por quienes ven su formación como una apuesta inversora que requiere rápida amortización no es nuevo. Alejandro Navas, profesor de Sociología de la Universidad de Navarra, recuerda que el año pasado el mundo entero celebró el 250 aniversario de uno de los mejores ejemplos: Wolfgang Amadeus Mozart. En efecto, cuenta uno de los primeros biógrafos del músico que, a punto de cumplir los seis años, su padre "quiso compartir con el mundo el milagroso talento de su hijo". La familia viajó por las principales cortes de Europa exprimiendo la música del joven genio… que murió agotado a los 35 años.
Pero sí es cierto que el fenómeno se reproduce en nuestra época con lamentable frecuencia. Navas reconoce que "en nuestra sociedad, obsesionada con el espectáculo, y la fama y el dinero rápido que proporciona, muchas veces los padres ven una mina de oro en un niño bien dotado para una especialidad artística o deportiva".
Precisamente en el deporte –desnaturalizado hasta convertirlo en metáfora cumbre del darwinismo social televisado vía satélite– encuentra Navas uno de los paradigmas de esos niños diseñados para triunfar desde la cuna: Tiger Woods. Su entorno asegura con orgullo que el mejor golfista de todos los tiempos aprendió antes a golpear la bola que a andar. ¿Infancia perdida?

¿Y los que no llegan?

 Al menos Woods, podrá argumentar algún cínico, ha ganado a cambio unos cuantos millones de dólares. Pero, ¿y los que no llegan? El diario Marca dedicaba recientemente su contraportada al futbolista Bruno Pellegrini, el último fichaje del Santos de Brasil, el equipo en el que triunfó Pelé. Bruno tiene seis años. En sus declaraciones ya aparecen los tópicos de rigor: "Siempre soñé con jugar en el Santos".
Días después, El País contextualizaba otro caso similar, el del boliviano Diego Suárez, de 14 años, con el título genérico "Los niños están de moda". Tiene lógica: se compra barato –Suárez cobra 55 euros al mes, una fortuna para su familia: cinco hermanos y casi ningún ingreso– y, si prospera, se vende caro a Europa.
¿Quién le devolverá la inocencia a la mercancía si no cumple con las desorbitadas expectativas que ha creado? Muy triste, de acuerdo, pero sinceramente, ¿cuántos padres dirían hoy no a un jugoso contrato? Porque no es sólo el hambre lo que empuja a muchos padres. La familia de Tiger Woods o Arancha Sánchez Vicario no eran precisamente pobres.
Paradójicamente, apunta Alejandro Navas, ese salto al vacío del menor es aplaudido en un mundo que, por otro lado, impone en el sistema educativo un igualitarismo políticamente correcto que pretende eliminar las élites. Destacar en el espectáculo o el deporte –sinónimos ya, prácticamente– es el summum, sobre todo si el éxito va acompañado de dinero rápido y fama catódica, pero "si se destaca en ámbitos intelectuales la cuestión es más problemática, ya que ser bueno en Matemáticas o Literatura no está tan bien visto en las escuelas de hoy", afirma el profesor del departamento de Educación de la Universidad de Navarra Javier Tourón. La vida del cerebrito no es fácil.
En el trasfondo de esta contradicción hay un equívoco sobre el concepto de formación. Tourón pone el dedo en la llaga al recordar que el objetivo de la educación es "la felicidad y el pleno desarrollo personal de las condiciones intelectuales, sociales, físicas de cada educando". En este contexto, razona, el éxito o la fama no son en sí mismos objetivos educativos, sino circunstancias que pueden sobrevenir en la vida de cada uno y que habrá que saber encauzarlas educativamente.
Por eso, dice Tourón, "una educación para el desarrollo personal es correcta, una educación para el éxito es un mal enfoque; la vida es, en cualquier caso, un conjunto de éxitos y fracasos, por lo que será necesario prepararse para ambas circunstancias. Ambos también son pasajeros, por lo que han de ser tratados como impostores".


Cuando la presión viene de fuera: exigencia de estado

Los padres no son los únicos culpables de un aceleramiento artificial de las capacidades para diseñar el éxito desde la infancia.  En ocasiones, los estados consideran a los niños como bienes públicos que deben amortizar según convenga a la nación. En los países comunistas esta tendencia se convierte en norma. Con la caída del muro, China ha quedado como su gran exponente. Ayudado además por la tradición oriental de sometimiento a los mayores y culto al esfuerzo, los ciudadanos se modelan desde el jardín de infancia. Con la celebración de los Juegos Olímpicos de 2008 en Pekín, se multiplican los casos de deportistas fabricados ad hoc: el niño se dedica a la especialidad que los preceptores deciden que, por su morfología, puede producir mayores beneficios en forma de medallas, records… Y lo hace en cuerpo y alma, 24 horas al día. Se le roba así el sagrado derecho a jugar. Porque, aunque resulta igual de nefasto permitir que se forme según su antojo, el menor tiene derecho a su ámbito de libertad, en el que la imaginación va asimilando la realidad a un ritmo natural.

Pero la presión excesiva puede llegar por otro lado. A veces es la propia sociedad la que asfixia, a través del sistema educativo. Alejandro Navas apunta el caso japonés, donde el índice de suicidios entre estudiantes adquiere tintes trágicos. Al haber unos filtros tan drásticos, que determinan el mayor o menor éxito según los centros de formación de élite a los que se acceda, el niño se ve envuelto en una feroz carrera hacia la excelencia educativa. Y la familia no quiere que la pierdan: cuando detectan que no están en cabeza, llegan las clases complementarias, la presión… Y, a veces, el chasquido.


Mentes privilegiadas

El repudio del niño explotado para colmar ambiciones ajenas conlleva el peligro de saltar a otro extremo también nefasto. No somos todos iguales. Y no crecemos todos de la misma forma. “Los alumnos de alta capacidad son distintos de los demás en el modo de aprender y de hablar, de relacionarse, en sus intereses intelectuales y de otro tipo. Y ellos lo saben, y sus compañeros también”, explica Javier Tourón.

En este contexto, matiza, “nadie debe burlarse de la potencia intelectual de un colega, como tampoco ningún estudiante de alta capacidad debe mostrarse arrogante con los que son intelectualmente más modestos. La aceptación tiene que ser mutua”.

A partir de ahí, hay que tener siempre en cuenta que un niño de alta capacidad es, ante todo, un niño como otro cualquiera, aunque diverso en algunas dimensiones en las que destaca particularmente. Por lo demás, la vida de un alumno de alta capacidad tiene que ser normal. “Pueden tener rarezas y problemas ciertamente”, reconoce Tourón, “pero como todos los demás alumnos; lo que realmente se convierte en un problema es la falta de atención educativa adecuada a los mismos”.

Por eso habrá que evitar a toda costa someterlos a un sistema educativo que liga irremediablemente la edad con el curso escolar, aconseja Javier Tourón. Los alumnos de alta capacidad deben ser atendidos en función de ésta y de acuerdo con su velocidad de aprendizaje que normalmente difiere de la de sus compañeros de curso. “Imponer un límite de velocidad artificial a estos alumnos supone un daño grande para la maduración de sus capacidades y para el desarrollo de su talento”, concluye Tourón.

"No tenía opción: se trataba de tener éxito [académico] o morir"

David Blunkett es uno de los políticos más populares del Reino Unido. Ministro en tres ocasiones (Educación, Interior y Trabajo), entre 1997 y 2001 puso en marcha una profunda reforma de la enseñanza británica que poco tardó en cosechar excelentes resultados. Ciego de nacimiento, Blunkett es un admirable ejemplo de superación personal.

Autor: RODRIGO SANTODOMINGO Y JOSÉ MARÍA DE MOYA

La revista Magisterio quiso inaugurar su serie de desayunos con personajes relevantes del mundo educativo trayendo a España a David Blunkett, auténtica leyenda viva del Nuevo Laborismo y uno de los políticos más conocidos en el Reino Unido. Blunkett nació en 1947 en el seno de una familia modesta. A los 16 años parecía abocado al fracaso escolar. Con 22 se convirtió en el concejal más joven en la historia del Ayuntamiento de Sheffield, ciudad industrial en el norte de Inglaterra. Fue sólo el comienzo de una carrera meteórica.  
P. Usted ejemplifica la idea de superación personal y fe en uno mismo. ¿Cree que sus dificultades de partida le dieron aún más motivación para alcanzar todos los logros que ha conseguido en la vida?
R. En mi caso se trataba de tener éxito o morir. Tener éxito en cuanto a alcanzar una cualificación académica, ir a la universidad, ya que la otra opción era literalmente condenarme a lo más bajo del escalafón económico. A los 16 años no poseía ningún título, así que tuve que ir a clase en horario de tarde mientras trabajaba en la industria del gas. Conseguí la Secundaria básica y estudios profesionales, y a los 22 años, más bien como estudiante tardío, ingresé en la universidad. Simultáneamente inicié mi carrera política como concejal.
P. Debieron ser años un tanto locos…
R. Sí que lo fueron. Algunos profesores me decían que el hacer tantas cosas al mismo tiempo podía perjudicar mi éxito académico, pero al final todo funcionó bien: ¡conseguí mi título!
P. Dígame cuál es la fórmula para mejorar los resultados al tiempo que se aumenta la exigencia, algo que usted puso en práctica en su etapa como ministro de Educación. Ya sabe, normalmente la gente piensa que cuando los resultados mejoran en poco tiempo es que se ha bajado el nivel.
R. En Gran Bretaña tenemos un régimen de inspección muy riguroso. También los medios de comunicación y la clase política en general muestran un gran interés por conocer donde se sitúan los estándares (niveles mínimos exigidos). Todos comprobaron que no habían disminuido, más bien habían aumentado. No hay nada peor que engañarse a uno mismo pensando que lo estás haciendo bien, que la Educación nacional está mejorando, cuando esto no es cierto. Pero me preguntaba por la fórmula…
P. Sí, los ingredientes básicos que contribuyeron a crear un éxito tan fulgurante.
R. En primer lugar, reconocer que los alumnos tienen diferentes necesidades y distintas inteligencias. Segundo, liderazgo educativo, algo absolutamente crucial a todos los niveles. Me refiero ante todo a la habilidad de inspirar a los alumnos para que el objetivo sea siempre hacerlo mejor que antes. Tercero, un gran énfasis en la formación permanente del profesorado para poner al día sus habilidades docentes, acompañado de un sistema de incentivos según el cual, a partir de un nivel, sólo cobran más aquellos que acrediten que lo están haciendo bien en el aula. Por supuesto, siempre teniendo en cuenta las características socioeconómicas de sus alumnos, su punto de partida.
P. Durante su etapa como ministro la reforma se centró en Primaria.
R. Sí, en esa etapa pusimos en marcha programas especiales para la enseñanza y el aprendizaje de conocimientos básicos de Lengua y Matemáticas. Tenemos margen de mejora, pero lo cierto es que en 1997 seis de cada diez alumnos tenían el nivel básico en esas dos áreas a los 11 años, y ahora la cifra ha aumentado hasta los ocho estudiantes de cada diez.
P. En Secundaria también iniciaron profundas transformaciones que sus sucesores en el ministerio han continuado con entusiasmo.
R. Básicamente queremos que cada centro se especialice en un área determinada, que tenga su propio punto fuerte, ya sea en ciencias, idiomas, deportes… Pensamos que si consigues la excelencia en un área, esto mejora el nivel general, aumenta las expectativas de los alumnos y cambia la actitud de los profesores. Los datos demuestran que así ha sido. Al principio encontramos mucha oposición, se dijo que las escuelas especialistas terminarían por dividir al sistema educativo. Pocos dicen lo mismo en la actualidad.
P. ¿Se siente un pionero? A fin de cuentas usted ha demostrado que en educación es posible introducir medidas que producen mejoras espectaculares en un plazo de 3-4 años. Pocos políticos se muestran tan ambiciosos…
R. Pienso que hay que ser capaz de demostrar cuanto antes que se están consiguiendo progresos, y hacerlo a través de una buena evaluación. También hay ocasiones en que uno tiene que moverse más rápido que la propia profesión, es decir, yo actué más rápido de lo que los profesores en Gran Bretaña hubieran querido. Y lo hice porque pensé que no tenía otra elección: de no haberlo hecho, hubiéramos desperdiciado a toda una generación de alumnos. Sé que no fui muy popular durante un tiempo, pero al final la gente comprobó que lo que habíamos hecho funcionaba, y esto sirvió también para modificar las actitudes de la comunidad educativa. El éxito conduce al éxito.
P. En España aún existe mucha resistencia a la evaluación, no digamos ya a publicar los resultados de cada centro como se hace en su país. ¿Qué diría a los escépticos? ¿Quizá que es difícil mejorar las cosas si no sabemos qué funciona mal?
R. Siempre he promovido la idea de que debemos recibir con los brazos abiertos todo tipo de información, primero porque es moralmente correcto que todos –y no sólo un grupo de privilegiados– sepan lo que está pasando. Y en segundo lugar porque es bueno comparar siempre y cuando se tengan en cuenta los datos básicos y también las características socioeconómicas de cada centro. Hemos sofisticado la información con el objetivo de conocer hasta qué punto un centro se enfrenta a mayores desafíos que otro.
P. Usted fue ministro del Interior británico en un momento crucial para el proceso de paz en Irlanda del Norte. ¿Qué podemos aprender de su experiencia?
R. Ante todo, paciencia. También  que hay que saber aprovechar la corriente cuando ésta sea favorable. Habrá momentos en los que sea posible avanzar, realizar progresos: identificar esos momentos resulta esencial.
P. Varias figuras implicadas en el conflicto del Irlanda del Norte, como Gerry Adams o Alec Reid, opinan continuamente sobre el problema del País Vasco. En ocasiones parece que pretendan sentar cátedra…
R. Uno de los motivos por los que he sido tan cauto en la respuesta anterior es que no podemos ir diciendo a la gente de otros países lo que tienen que hacer. El País Vasco tiene una historia y unas circunstancias propias, muy diferentes a las de Irlanda del Norte.
P. No me resisto a preguntarle por lo que ha ocurrido con De Juana Chaos. Supongo que está informado al respecto.
R. Sólo puedo decirle que Bobby Sands (preso del IRA fallecido en 1981 tras una huelga de hambre que duró 66 días) murió cuando intentaba chantajear al Gobierno de Margaret Thatcher. El mundo no se hundió por ello. Hay ocasiones en las que conservar o no la propia vida es una decisión que uno toma libremente. 

Su futuro no es el tuyo

Llega un momento en que nuestros hijos tienen que decidir sobre su futuro profesional. Qué estudios elijan será determinante para el resto de sus vidas. Por eso nos tenemos que tomar muy en serio su orientación académica. ¿Hasta qué punto podemos influir en su decisión? ¿Dónde está el límite entre agobio y persuasión?

Autor: PILAR GUEMBE y CARLOS GOÑI

Orientar no es tarea fácil, pues no se trata de decidir por ellos, sino de facilitarles una buena elección. Para ello, debemos informar, pero también formarles; debemos conocer, pero también conocerles; debemos opinar, pero también escucharles.
Lo que no podemos hacer es dejar la orientación profesional para cuando llegue el momento de decidir “qué hago”, porque entonces ya no estaremos a tiempo. El “qué vas a ser de mayor” debe ser un tema de diálogo frecuente en la adolescencia que nos servirá para conocer a nuestros hijos y para ir ejerciendo nuestra labor orientadora.
Para tal fin deberemos deshacer algunos tópicos que nos impiden llevar a cabo nuestra labor orientadora. Estos tópicos son:

Lugares comunes

Elegir una carrera con futuro. Parece ser la premisa de toda buena orientación, sin embargo, hay que decir que no existen carreras con futuro, sino personas con futuro.
Estudios fáciles y difíciles. Más engañoso si cabe. Primero, porque la dificultad depende de muchísimas circunstancias, como las diferentes aptitudes, y, segundo, porque no sólo se ha de pensar en los estudios en sí, sino, sobre todo, en la vida profesional posterior.
Uno hace lo que se propone. Y podríamos añadir: suponiendo que tenga la capacidad suficiente. Por eso, es muy bueno conocer las posibilidades reales de nuestros hijos. A veces nos vendría bien tener una visión objetiva, para eso están los tests de inteligencia general y factorial. Aunque el tesón es muy importante, en determinados estudios las aptitudes intelectuales pueden ser decisivas.
Es tan listo que puede estudiar lo que quiera. ¡Cuidado! Está demostrado que a partir de la adolescencia, a la hora de sopesar aptitudes y trabajo, la balanza se inclina (dentro de un margen) hacia el segundo. Supuestas unas capacidades suficientes, el papel de los hábitos y técnicas de estudio, y la capacidad de sacrificio, pasan a primer plano.
Que sea médico como su padre. Quizá el error más grave. No debemos olvidar que es él o ella quien elige, no nosotros. Si le avasallamos con nuestras preferencias, acabará por no saber siquiera que existen otras posibilidades. Si el padre o la madre es médico, o abogado, seguramente de esas profesiones será de las que menos se tenga que hablar, porque son un referente continuo.
Que estudie lo que quiera. Elección sin deliberación. Dejación de nuestro compromiso en su orientación. Hará la carrera que quiera, por supuesto, pero hay que ayudarle a descubrir qué es lo que quiere. Muchas veces confundimos la orientación con el intrusismo, y la libertad con la improvisación. Los padres y educadores no podemos tomar decisiones por ellos, pero podemos ayudarles a tomarlas.
En definitiva, la labor de los padres debe ir encaminada a conseguir que sea él o ella quien tome la decisión. 


A TENER EN CUENTA A LA HORA DE DECIDIR

 Conocer sus aptitudes intelectuales.
 Tener en cuenta los rasgos de su personalidad.
 Averiguar sus intereses profesionales.
 Considerar su madurez.
 Ser realistas con la situación económica de la familia.
 Plantear con tiempo la decisión.
 Estar en contacto con el tutor.
 La decisión última debe ser suya.

¿Igualdad de puertas adentro?

La mujer ha salido del hogar para incorporarse al mundo del trabajo sin que el hombre haya entrado en casa en la misma medida. Resultado: estrés, sensación de «no llegar», apoyo en los abuelos, sobrecarga, discusiones, reproches, hijos menos atendidos… ¿Podemos hacer las cosas de otra manera? ¿Es posible un equilibrio más igualitario? ¿Igualdad es repartir al 50%?

Autor: Ignacio Tornel

En la mayoría de los hogares los dos cabezas de familia trabajan fuera de casa. Algo especialmente cierto para las familias constituidas en los últimos quince años, es decir, las que tienen más desafíos ante ellas: carreras en pleno desarrollo, economías limitadas, hijos pequeños… Tenemos menos tiempo para la casa y para los hijos, y si no nos organizamos, podemos acabar asfixiados, incluso enfrentados.
La igualdad aparece por todas partes: planes de igualdad, cuotas de participación, discriminación positiva, incluso hasta una obligación por ley de respetar la igualdad en el ámbito doméstico.
 ¿No nos estamos adentrando demasiado en la esfera de la intimidad de la familia? ¿No es preferible dejar de lado la sanción y por el contrario promover la co-responsabilidad en ese proyecto común y apasionante que es el hogar, la familia y los hijos?
Quizás el lector se pregunte cómo llegar a vivir esa co-responsabilidad en su hogar. Pues bien, aquí entra la “familia negociadora”, y es que hoy las familias se ven sometidas a tantos cambios y presiones que deben hacer gala de flexibilidad para adaptarse, decidir y ejecutar. No es lo mismo una pareja joven sin hijos, que otra con tres vástagos. Lo importante es que entre los dos, sentados y tomando notas si fuera necesario, decidan quién hace qué y en qué momento. Lo bueno del trabajo doméstico es que es previsible, organizable, delegable, anticipable en el 90% de los casos, por lo que aguanta bien la planificación y el reparto.
¿Y cómo nos lo repartimos? Hasta ahora lo hemos ido haciendo más o menos de forma espontánea. Esto suele ser sinónimo de reparto desigual. Nos lo confirma el Estudio sobre el reparto de responsabilidades domésticas de la Comunidad de Madrid de 2004. Dice que en las parejas madrileñas, ella dedica a la atención del hogar mucho más tiempo: desde un mínimo de 2 horas 35 minutos entre los matrimonios jóvenes hasta 4 horas 20 minutos entre los de más de 50 años de edad.
Los hábitos en los varones van cambiando, poco a poco, de forma gradual e irreversible. Algún dato del citado estudio lo confirma: si tomamos el periodo 1995 a 2003, en 1995 sólo el 8% de los varones participaba en el lavado de la ropa,  en 2003 era ya de un 22%. Y en el caso de la plancha, en los mismos 8 años pasamos de un 4% a un 13%, es decir, se triplica.

LA VENTAJA COMPARATIVA

Pero volvamos al cómo. Sería torpe querer imponer tareas sin más. Lo ideal es que en esta distribución apliquemos el concepto económico de la ventaja comparativa. Es decir, teniendo dos agentes, cada uno se debe especializar en los sectores en los que el otro sea menos productivo. Dicho de otro modo: lo mejor es que cada uno haga lo que mejor sabe hacer y con lo que se encuentre más a gusto, porque ahí seremos más productivos. Es necesario hablar y “descubrir” habilidades semiocultas que podamos tener o que debamos desempolvar o desarrollar.
Y tampoco se trata de distribuir los tiempos al 50%. No podrá colaborar en casa en igual medida una madre o un padre cuya jornada laboral no termina hasta las 8 de la tarde que otro u otra que a las 6 está en casa.
En fin, un verdadero ejercicio de diálogo y búsqueda de acuerdos. Así debe ser para lograr familias saludables, modernas e igualitarias. Al otro extremo  podemos constatar que, por desgracia, la mala organización del ámbito laboral y doméstico sigue estando entre las principales causas de insatisfacción, desavenencias y rupturas.
Y ¡ojo!, en cuanto los niños cumplan algunos años (cinco o seis) que empiecen a asumir encargos y responsabilidades en el hogar. Es la mejor escuela de igualdad, les ayudará a madurar y a valorar más el trabajo de sus padres, y para ellos será una importante ayuda.

Tus mejores pinches duermen en casa

Los expertos ya no saben cómo decirlo: alimentarse de manera sana y equilibrada sienta los pilares de una salud de hierro. Para acercar a los niños a la cocina, la reconocida periodista británica Mandy Francis ha escrito una obra con mil consejos y otras tantas recetas.

Autor: ALEJANDRA RODRÍGUEZ

Si hablamos de las cifras de obesidad infantil que presenta el mundo desarrollado, y de manera especialmente preocupante España, no estaremos descubriendo nada nuevo.
Tampoco es ninguna exclusiva el hecho de que los especialistas hacen, prácticamente a diario, llamamientos para que las dietas de nuestros pequeños adquieran mayor calidad no sólo en casa, sino en los comedores escolares y en los establecimientos de restauración.
En opinión de los especialistas, la alimentación de los más pequeños de la casa debe mejorar al mismo tiempo que lo hace la de los mayores, que no se pueden permitir el lujo de no predicar con el ejemplo. El beneficio será para todos los miembros de la familia.
Asimismo, aconsejan implicar a los chavales en todas las tareas relacionadas con la nutrición y éstas van desde llevarles a hacer la compra hasta dejar que nos ayuden en la cocina, incluso desde edades muy tempranas. El objetivo no es otro que enseñar a los críos que la clave de la salud reside en una dieta sana, variada y equilibrada, y que si bien no hay alimentos buenos y malos, sí es necesario restringir el consumo de algunos de ellos y potenciar el de otros.
Sin embargo, los propios padres en ocasiones se quejan de que ellos no cuentan con la formación necesaria para impartir estas enseñanzas o de que llevar la teoría a la práctica (sobre todo a la hora de meter a los peques en la cocina o introducirles nuevos sabores) no es una tarea fácil.
Para facilitar esta labor, Mandy Francis, una colaboradora habitual del Daily Mail y con una larga trayectoria en las secciones de salud de algunas de las mejores cabeceras británicas, ha escrito Cocina Sana para Niños (Editorial Nowtilus).
La autora parte de la base de que, en ocasiones, los padres ponen toda su buena voluntad, pero las pataletas de los niños, el ajetreo diario y el desconocimiento en materia de dietética hacen difícil una tarea (dar de comer) que a priori parece extremadamente simple.

Soluciones sencillas

Por ello, Francis ha querido responder a las dudas y planteamientos más habituales ofreciendo soluciones sencillas y asequibles para la inmensa mayoría de los hogares.
Cómo variar la dieta, interpretar etiquetas, útiles de cocina necesarios para preparar sus menús, conocimientos sobre vitaminas, minerales, la importancia de la leche o del pan y sus derivados. Qué alimentos pueden sustituir a otros en caso de alergias o intolerancias, cómo limitar grasas y azúcares sin perder sabor. Qué hacer con los productos procesados. Dar con la mejor elección cuando se acude a un establecimiento de comida rápida, alternativas a los refrescos con gas, trucos para fiestas de cumpleaños… Y así hasta un largo etcétera que resolverá muchos de los conflictos que a diario se presentan en todos los hogares en referencia a la comida.
Por ejemplo, se destaca que los niños no son computadoras y que no todos están listos para alimentarse con sólidos a la misma edad (y que no ocurre nada por ello). También que, si se recupera el hábito de preparar y congelar alimentos, no sólo mejorará la dieta, si no también la economía familiar.
Uno de los apartados más útiles hace referencia a la dieta de los niños con necesidades específicas (alergias, intolerancias…) o bien a los que, por ejemplo, son vegetarianos. Francis destaca que, siguiendo unas normas sencillas, el hecho de alimentarse fundamentalmente de productos vegetales no tiene por qué repercutir en la salud de nuestro vástago.
¿Y qué hacer con los que no comen? Según esta especialista, es absolutamente contraproducente convertir la hora de la comida en un suplicio para el pequeño o amenazarle con llenarle más el plato si no se lo termina todo.
Es preferible hacer raciones más pequeñas y no introducir nuevos alimentos a la fuerza por aquello de que hay que comer de todo. Lo normal, según los expertos, es que haya que presentar un nuevo producto entre ocho y diez veces para que el niño se decida a probarlo.
Asimismo, y aunque es una tarea pesada, es recomendable que padres e hijos coman juntos. En este sentido, hacer partícipe al niño de la compra y de la preparación de los alimentos es vital para conseguir que comer no sea una pesadilla.
Finalmente, la obra se complementa con unas recetas que muestran cómo confeccionar menús saludables, nutritivos y divertidos para los pequeños; cómo presentárselos de forma atractiva y cómo conservarlos para que la tarea de cocinar sea más productiva.