En educación, como en tantos otros ámbitos, no siempre es fácil distinguir la señal del ruido. Al deseable pluralismo sobre qué y cómo enseñar, hay que sumar la acumulación de novedades, proyectos, metodologías, que se superponen unas a otras y que desaparecen tan rápido como llegan. El escepticismo es un remedio natural contra un mundo líquido. Nada me creo porque todo llegará y desaparecerá. Y, sin embargo, ¿no hay nada que deba escapar de ese escepticismo? Muchos creemos que los programas tempranos, preventivos, intensivos y focalizados en atender al alumnado más vulnerable son, por ejemplo, una de las cosas por las que merece apostar a largo plazo. Un ejemplo son los resultados obtenidos en el estado de Mississippi, en Estados Unidos, tras apostar precisamente por ello.