Abuelos, los nuevos héroes del hogar

Los padres han cedido parte del cuidado y
la crianza de sus hijos a los abuelos, quienes
enseñan a los niños valores y formas de
actuar correctas de modo cauteloso y experto.
Lo que no significa que hayan renunciado
a su autoridad o que haya habido
una traslación de funciones.

Autor: padresycolegios.com

La incorporación de la mujer al mundo laboral y los horarios ajustados con que cuentan los padres en las ciudades han provocado que en mayor medida sean los abuelos quienes se ocupen de los nietos durante las horas del día en que los padres trabajan.
El mayor tiempo de convivencia existente entre abuelos y nietos hace que entre ellos exista un feedback bastante peculiar. Los abuelos encuentran una afición diferente en la que dedicar su tiempo libre y los nietos descubren valores de forma meditada y experta, tal y como explica el catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, Ricardo Montoro.
Referido a este tema, Alfredo Rodríguez, profesor de Sociología de la Universidad de Navarra, añade: «los abuelos son el referente para los niños de lo que debe ser la institución familiar». Para este experto, los abuelos van más al fondo de las cuestiones cuando explican valores o formas adecuadas de actuar.

VALORES

Para Ricardo Montoro, es indispensable que los valores que se enseñe a los pequeños en casa sean firmes y claros. Y, básicamente, son tres: el respeto al prójimo, el respeto al principio de la autoridad y, posteriormente, el ideario propio de la familia (religión, creencias…).

Pero la función de los abuelos en el hogar no debe centrarse únicamente en la transmisión de valores. Es importante que relaten historias de la infancia o juventud de sus hijos, para que los niños comprendan el sentido de continuidad de la familia, que pertenecen a una cadena de la que ellos mismo son una parte muy importante.

Los abuelos pueden contribuir también en la crianza de sus nietos sin contradecir la autoridad de sus padres, ocupandose de controlar situaciones educativas como son el realizar los deberes en casa o el controlar la programación y el tiempo que los niños ven la televisión.

No es necesario detallar los motivos por los que los abuelos son una parte indispensable en la familia, pero muchas veces ellos mismos caen en el pensamiento de sentirse incapacitados para realizar muchas funciones educativas con los niños. Por ello, ya sea en el seno de la familia o a través de iniciativas externas, es necesario ofrecerles el protagonismo que ellos sienten que han perdido. Así, nace en 1993 una iniciativa pionera en la que la Family Service Association of Metropolitan Toronto, de Canadá pone en contacto a voluntarios ancianos con familias que han perdido a los abuelos por la muerte, distancia o la separación.

Y del mismo modo que los abuelos pueden ayudar a las familias, las familias pueden ayudarles a ellos, como en Amsterdam, donde, por ejemplo, hubo que instalar provisionalmente un centro de preescolar en una residencia de ancianos y la experiencia fue de lo más enriquecedora. Mayores y niños compartían lecturas y ejercicios lo que ha contribuido a que los ancianos salgan del aislamiento y encuentren en la ayuda que prestan a los infantiles una labor por la que sentirse necesarios y útiles.

COMETIDOS CONCRETOS DE LOS ABUELOS

Los abuelos pueden ayudar en el hogar controlando la programación que los niños ven en casa y el tiempo que le dedican a ver la televisión.
Pueden ayudar a los pequeños con los deberes del colegio prestándoles atención o aportando conocimientos directos sobre el tema.
Pueden prepararles alimentos o platos diferentes a los que comen en el colegio o les preparan sus padres, para que se den cuenta de que existen otras formas agradables de comer, que no son idénticas a las que conocen, pero que también son sabrosas.
Que cuenten historias a los nietos sobre la juventud o infancia de sus padres es importante para que vean que forman parte de una cadena continua que es la familia.
Si los abuelos no conviven con la familia o viven lejos han de acompañar a los niños en cumpleaños o fechas señaladas para que los pequeños se sientan queridos e importantes.
Y, sobre todo, han de ser una fuente constante de cariño para que los pequeños sean conscientes de que existen otras personas, además de sus padres, que pueden hacerles la vida agradable.

Comer garrapatas

Autor: padresycolegios.com

Manuel (de tres años de edad)
y Jesús (nueve meses) entraron
con sus padres en un bar.
Después de pedir las bebidas,
como tapas les sirvieron una ración
de aceitunas y un plato de
alcaparras. Jesús enseguida fue
a echar mano de las alcaparras,
pero su hermano se lo impidió
dándole un manotazo: ¡Te he dicho
mil veces que tú no puescomé
garrapatas! –le gritó, provocando
las carcajadas de todos
los presentes.

Has salido…

Autor: padresycolegios.com

Esteban (tres años) fue un día
al médico con su madre. La sala
de espera estaba repleta de
pacientes y el niño se aburría,
así que para entretenerse se
puso a jugar con su máquina de
fotos de juguete, haciendo como
que le tomaba fotografías a
su madre. Cada vez que el niño
fingía sacar una nueva toma, la
madre le preguntaba cómo iba
saliendo: ¿Esteban, cómo he
salido? Y el niño respondía:
¡Muy leona! – Y ahora, ¿cómo
he salido? ¡Muy elefanta! Esteban
se iba alejando de su mamá
para tirar una nueva foto, y cuando se encontraba en medio
de la sala le gritó –más alto
que nunca– ¡Mamá, has salido
muy zorra!

Papá Gayo

Autor: padresycolegios.com

Cuando Joan tenía dos años
fue a veranear con su mamá y
su papá Andreu a la isla canaria
de Lanzarote. Para poder recorrerla
con más tranquilidad
decidieron alquilar un coche. Un
día fueron a visitar la playa del
Papagayo, al sur de la isla, pero
como no conseguían encontrar
el camino se pararon en
un cruce para preguntar a unos
señores que hablaban en la calle:
–Por favor, ¿para llegar a la
playa del Papagayo?– Joan, ni
corto ni perezoso, un poco indignado,
dijo: – ¡Noo, papá Gayo
noo, papá Andreu!

Pompas de jabón

Autor: padresycolegios.com

Laura y su hermanita eran unas
niñas bastante traviesas. Un verano,
estando de vacaciones en
una playa levantina, sus papás
las dejaron solas mientras iban
a la compra, y para entretenerse
decidieron jugar «a las
hadas» haciendo pompas de jabón.
Sus padres tardaban en
volver y ellas, entusiasmadas
por el juego, empezaron a gastar
todo lo que se podía utilizar
para fabricar las pompas. Tal
cantidad hicieron que acabaron
llenando la casa y el jardín.
–¡Qué bien huele!– comentó la
madre mientras ella y su marido
volvían a casa. El olor se fue
haciendo cada vez más fuerte
a medida que se acercaban, y
cuando entraron en la vivienda
se lo encontraron todo perdido
de jabón. Durante los días
siguientes cada vez que el
jardinero hacia algún trabajo en
el jardín empezaban a salir espuma
y pompas. ¿Pero qué pasa?
–decía sorprendido–.

Crónica de un despertar

Dedicado a todos aquellos que no saben explicarle a sus amigos cómo ha cambiado
la paternidad sus vidas y, en concreto, sus fines de semana. Este artículo da una visión
del domingo por la mañana a primera hora en un hogar con niños pequeños.

Autor: MAITE MARTÍNEZ / R. PUERTA

Viernes por la tarde, caras sonrientes, se respira alegría en el ambiente. ¡Buen fin de semana! –se desean unos a otros–.
«Que descanses» me han dicho ya hoy en tres ocasiones, tres veces en las que he respondido con una cumplida sonrisa. Es la única respuesta que se puede dar a personas que no viven tus circunstancias, a quienes te mirarían como a un bicho raro si les contaras que los fines de semana son más agotadores aún que trabajar.

DOMINGO

07:02 h. Oigo unos pasitos cruzar el recibidor, se adentran en mi habitación y los siento cada vez más cerca. Una manita golpea mi frente, abro los ojos y la encuentro de pie, justo a mi lado, su cara a la altura de mi cara, me mira fijamente con los ojos bien abiertos, no se mueve, ni siquiera pestañea, tan sólo cobra vida el movimiento del chupete al succionarlo. Es Nuria, dos años y medio, la subo a la cama, la acuesto a mi lado y dándole un beso le susurro al oído: «estamos dormiditos». Vuelvo a cerrar los ojos y confío en que se duerma.

07:08 h. Casi me había vuelto a dormir cuando noto un golpe seco en los riñones, supongo que habrá sido con la rodilla al moverse. Me encuentro muy cansada, me duele la espalda. Noto como mi marido se desplaza hacia el lado opuesto de la cama, normalmente ocupa el centro y ahora debe de estar en el mismísimo borde.

07:15 h. Todo estaba en absoluto silencio, ahora un ruidito suave pero repetitivo me vuelve a desvelar, el ruidito no cesa, es Nuria succionando su chupete. Sin abrir los ojos la acaricio tratando de calmarla con la esperanza de que se duerma. Mientras la acaricio pienso en la noche, una de tantas, sobre las cuatro de la madrugada el llanto de un niño me hizo levantarme: «mamá, tengo miedo». Estuve con él más de media hora hasta que se tranquilizó y volvió a dormirse. Regresé a mi cama pero me había desvelado y hasta cerca de las seis no pude conciliar el sueño.

07:25 h. Sigo acariciando a Nuria, tengo el brazo dolorido, el ruidito del chupete ha cesado, creo que se ha dormido, retiro mi mano e intento dormirme.

07:30 h. Lamentablemente, me había equivocado, Nuria no está dormida, se vuelve hacia mí y ahora el ruidito del chupete lo oigo a escasos centímetros de mi nariz.

07:34 h. Una manita me acaricia la cara, sus deditos recorren cada rincón de ni rostro, incluidas las fosas nasales. No abro los ojos, no me muevo confiando en que desista, se aburra y se duerma o, al menos, se relaje y me deje dormir. Mis plegarias han dado su fruto, Nuria me deja en paz, se ha vuelto y ha cesado el ruidito, aunque cada dos por tres se mueve.

07:40 h. Noto que Nuria mueve las manos pero a mí no me toca, me da la espalda y no puede verme, aprovecho entonces para abrir los ojos. Lo está intentando con su padre quien no se inmuta y no es porque esté dormido, se hace el dormido, él también confía en que así le dejará en paz, ¡ya nos conocemos todos!

07:53 h. Nuria se sale de la cama, gatea hacia los pies de la misma y se baja, oigo sus pasitos que se alejan, confío en que vaya a su habitación y se ponga a jugar sin hacer ruido y sin despertar a su hermano. Oigo como se abre el cajón del baño, se revuelven algunas cosas y se cierra de nuevo.

07:59 h. Los pasitos se dirigen a mi habitación. ¡No, por favor!, pienso. Estoy pegada a la cama y necesito dormir aunque sea un poco más.

08:01 h. Nuria consigue volver a subirse a la cama por donde se había bajado, gatea hasta la cabecera y vuelve a situarse entre papá y mamá. Sé que ha traído algo en sus manos, aunque prefiero no saber qué es. Se queda callada. Noto algo duro sobre el pelo, me sobresalto y abro los ojos. Nuria tiene un peine en cada mano y, en tono bajito, me dice: «mamá, hay que peinar». Vuelvo a cerrar lo ojos mientras Nuria me cepilla el pelo.

08:09 h. Me duele el cuero cabelludo. ¿Por qué no le toca ahora a papá?, me pregunto. La respuesta es sencilla, mamá tiene el pelo largo y papá corto. Él sigue haciéndose el dormido, sin inmutarse. Al minuto no aguanto más los tirones de pelo en este lado de la cabeza, así que decido volverme. Ahora mi cara está frente a Nuria, ella continúa peinándome con esmero. Decido cubrirme los ojos con la mano, no me fío de ella.

08:14 h. Efectivamente, el pico del peine se ha precipitado contra mi ojo derecho, un golpe certero sin duda. Menos mal que la experiencia me hizo cubrirme y mi mano ha recibido el golpe en lugar de mi ojo. Por precaución me giro de nuevo a sabiendas de que me va a machacar el lado de la cabeza ya dolorido. Pero al volverme advierto la presencia de Joaquín, de cuatro años. No le había oído entrar, porque él es más sigiloso.
Sigiloso, pero contundente, él no da opción a un respiro, directamente enciende la lámpara de la mesilla, la luz me ciega los ojos, me los cubro con la mano, entreabro los párpados y veo recortada su silueta muy cerca de mi. «Mamá es domingo, toca desayuno especial».
En ese momento soy consciente de que es inútil resistirse. Miro a mi marido, está vuelto hacia el lado opuesto de la cama, desentendiéndose. Le golpeo con el pie y resopla resignado.
Joaquín rodea la cama, se dirige hacia su padre, sin ningún cuidado agarra las gafas de la mesilla y se las intenta poner acompañándolo de un brusco: «papi, hay que levantar!, tenemos que pegar los cromos en el álbum, jugar al baloncesto, al fútbol y montar en bici».
Consigo incorporarme en la cama, Nuria me mira fijamente, tiene el rostro oculto por el cabello, el chupete en la boca y esgrime un peine en cada mano.
Me levanto y contemplo mi terrible estampa en el espejo. Mientras escucho correr el agua pienso, ¿dónde estarán los domingos en los que me levantaba a las diez? ¿Volverán algún día? Espero que tarden, porque será señal de que mis hijos habrán crecido demasiado.