El retraso escolar esconde a veces un niño disléxico

Tras el concepto de retraso escolar se esconden muchos
alumnos con dislexia u otras dificultades de apredizaje
no diagnosticados a tiempo. Son los famosos «vagos»
que sufren un auténtico calvario cuando saben que sus
padres y profesores piensan que no quieren aprender.
Sus dificultades en lectoescritura son ya un síntoma.

Autor: SILVIA SABATÉS

La dislexia no es una enfermedad, por lo tanto no es algo que haya que curar. La
dislexia es una inhabilidad lecto-escritora y a veces también una inhabilidad en
la asignatura de matemáticas, por lo tanto es algo que se puede corregir y que
aparece en el niño cuando comienza a aprender la abstracción del símbolo o
letras y números. ¿Por qué?

Porque es algo que tiene que ver con la forma
de aprender del ser humano. Hay personas que aprendemos con el sonido de las
palabras y otras mediante imágenes. Estas últimas, son las que tienen más
posibilidades de desarrollar dificultades de este tipo.

La habilidad para
aprender mediante imágenes la desarrollan más o menos como a los cinco años, por
lo que es muy importante a esas edades enseñar los símbolos o la abstracción de
las letras de forma visual, auditiva y gráfica, asegurándonos de que el niño
relaciona bien el sonido de esa letra con su imagen y todas las posibles grafías
de la misma.

Cualquier sistema que se aleje de estos principios
ocasionaran el fácil desarrollo de una dislexia.

Algo parecido ocurre con
las Matemáticas porque el dígito no deja de ser un símbolo. Este símbolo
abstracto hay que relacionarlo con algo concreto, algo que los niños puedan ver
y tocar. Ellos aprenden mejor así, es decir, ellos aprenden desde sus
habilidades, no desde sus inhabilidades.

SABER ENTENDERLOS

Los disléxicos unas veces
son capaces de hacer las cosas bien por la mañana y lo mismo por la tarde
hacerlo mal. Con presión y prisa funcionan mal aunque sepan las respuestas.
Desconciertan mucho a padres y educadores, por eso se piensa muchas veces que
son vagos, también se dice que son inmaduros.

Pero la realidad es que en
la mayoría de los casos son niños que trabajan seis veces más y rinden seis
veces menos. ¡Cuántos son los padres que dicen; «se sabía la lección al dedillo
y llegó la hora del examen y le suspendieron, no supo qué contestar». La pelota
del problema se la pasan los maestros a los padres y los padres al
niño.

La vuelta del colegio es una tortura con los deberes y la casa se
convierte en un infierno. Si no entendemos lo que le pasa a nuestro hijo con el
tiempo acudiremos al especialista (psicólogos, logopedas, psicopedagogos, etc.).
Cuando se llega al especialista es ya porque los padres están hartos, cansados,
y, sobre todo, con mucho miedo e incertidumbre hacia el futuro escolar y laboral
de nuestro hijo.

Hoy por hoy sólo se puede saber si una persona es
disléxica por sus síntomas, y se puede afirmar que estos síntomas varían mucho
de una persona a otra, sobre todo en intensidad. Además algunos síntomas
desaparecen o son intermitentes y otros se mantienen. Un menor no tiene porque
tener todos los síntomas, pero siempre que tenga una dificultad lecto-escritora
o se detecten complicaciones con los números sería bueno atender al niño porque
conforme aumenten los contenidos escolares aumentan las
dificultades.

OBSERVAR
HÁBITOS

Los niños viven la situación con muchos miedos no
expresados, sienten una cierta desventaja frente al resto en el colegio, no se
sienten comprendidos y, todo ello, genera introversión, frustración, enfado,
absoluto desinterés por todo, que con la edad puede derivar en rebeldía y
violencia.

Para corregir la dislexia hay que actuar desde varios frentes
y con la colaboración de diversos especialistas. Pero en casa la función
primordial es de los padres. Pasar tiempo con ellos y que se sientan
comprendidos es primordial. Hay que observar sus hábitos y costumbres en casa
porque esa será la mejor pista para poder hacer las cosas
bien.

SÍNTOMAS ANTES DE LA
LECTO-ESCRITURA

– Torpeza psicomotriz fina como :
abrocharse cordones de zapatos, colorear… y gruesa como: bajar escaleras,
volteretas…
– Dificultad para los juegos de pelota
– Parece que no
escuchan, están en su mundo
– A veces falta de equilibrio
– A veces
dificultad en pronunciar determinados fonemas
– Otitis serosa de
repetición
– Distorsionan el sentido del tiempo, les cuesta aprenderse los
días de la semana, meses del año, ayer, hoy, mañana…

CARACTERÍSTICAS

– Su lectura es
entrecortada, silábica, imaginativa (se inventan palabras) se pierde de línea y
sigue con el dedo.
– A veces tienen falta de comprensión lectora, por lo
general en voz baja se enteran mejor que en voz alta.
– Dificultad para
comprender los problemas de matemáticas o aprenderse las tablas de multiplicar.
Despistes de llevadas, comienzo de las operaciones por el lado izquierdo.

Mala ortografía.
– En la mayoría de los casos su letra es irregular y en
ocasiones ilegible.
– Cometen omisiones, sustituciones e inversiones de
letras o palabras.
– El copiado de la pizarra se les dificulta.
– Agarran
mal el útil de escritura, sobre todo al principio.
– Posturas inusuales al
leer y escribir, se acercan demasiado o tumban su cuerpo con exceso de
movimiento en la silla.
– Dolores de cabeza, de estomago y a veces
nauseas.
– Son lentos en la ejecución de los deberes, convirtiéndose en una
lucha diaria y necesitan que alguien esté con ellos.
– Confusión de derecha e
izquierda.
– Mala orientación en el papel y en el giro de las letras y
números.
– Lateralidad cruzada.
– Tienen falta de atención selectiva, es
decir sólo cuando estudian o hacen los deberes les cuesta concentrase, son
dispersos.
– Muy imaginativos, creativos y sensibles.
– Autoestima
baja.
– Terrores nocturnos, miedos.
– A veces eneuresis (pis).
– A
veces se hacen los payasos de clase.

Una revisión da un varapalo a los jarabes para la tos

Autor: A.R.P.

Ni los antitusivos ni los expectorantes son eficaces para acabar con la tos (ni la seca ni la que cursa con mucosidad), uno de los motivos principales por los que los pacientes suelen acudir a la consulta del médico o a la farmacia. Según indica una nueva guía terapéutica, llevada a cabo por el Colegio Americano de Neumólogos, y publicada recientemente en la revista Pediatrics, «no tenemos ninguna evidencia científica de que estos productos realmente sirvan de alivio para este trastorno», afirma Richard Irwin, uno de los especialistas que ha contribuido a la elaboración del documento. La revisión apunta, además, a que lejos de ofrecer alguna ventaja el uso de los jarabes para la tos puede ser, en ocasiones, contraproducente, ya que provocan una sedación excesiva, algo nada recomendable, especialmente en el caso de los pacientes pediátricos. ¿Qué hacer entonces cuando se quiere eliminar la tos?
Pues según los datos que han analizado los especialistas, los antihistamínicos clásicos y los descongestionantes convencionales son alternativas mucho más eficaces que los productos antitusivos, que normalmente están formulados a partir de principios activos como el dextrometorfano o la difenhidramina.

Vas a estar muy guapa

Autor: padresycolegios.com

A Cristina le gustó tanto cortarse el pelo
en la peluquería que cuando llegó a
su casa se empeñó en cortarle ella la
melena a su hermana Pilar. Ya verás,
–decía– ¡vas a estar guapísima! Su madre
se dio cuenta cuando ya le había dejado
la parte izquierda de la cabeza casi
al cero, y no tuvieron más remedio que
cortarle la otra parte para igualar.

Yo voy a buscarme la vida

Autor: padresycolegios.com

Cristina, de tres años y medio
de edad, dice a sus padres y a
su hermano: –Yo, de mayor, me
buscaré la vida. Su madre le
pregunta: –¿Qué es eso de
buscarse la vida, hija? Pues,
–responde Cristina muy convencida–,
tendré mi familia, cuidaré
a mis hijos, vendré a veros
a papá, a ti y a mi hermano, pero
después volveré con mis hijos
a mi casa.

Educar en la autodisciplina

Disciplina no es castigo o exigencia
desmesurada, sino el orden que
uno mismo aprende a imponerse
para salvaguardar los derechos de
los demás y conseguir sus propósitos
y objetivos.

Autor: Bernabé Tierno

Los padres debemos tener muy claro que para educar convenientemente a nuestros
hijos es imprescindible educar su voluntad. La capacidad de hacer aquello que es
bueno y conveniente aunque no les guste. Y para lograrlo, no hay otro camino que
la disciplina. Pero disciplina no es castigo o exigencia desmesurada, sino el
orden que uno mismo aprende a imponerse para salvaguardar los derechos de los
demás y conseguir sus propósitos y objetivos.

Si entendemos la educación
como proceso de formación de la persona para saber tomar decisiones por sí misma
y auto orientarse, deberemos ayudar al educando mediante la experiencia gradual
de ir venciendo dificultades, de manera que la disciplina se convierta en su
orden de vida para ser dueño de sí mismo, saber orientar sus impulsos,
motivaciones y exigencias de su propia vida y adaptarse a las normas,
obligaciones y restricciones que le impone la convivencia con los
demás.

Podemos hablar de disciplina interior, entendida como auto
dirección, control de sí mismo y capacidad para canalizar las propias energías
con el fin de realizar un ideal, un proyecto personal de vida. La disciplina
interior es la verdadera. La disciplina exterior es sólo un medio, nunca un
fin.

Entendemos por disciplina exterior al conjunto de procedimientos
organizados para obtener de manera inmediata un efecto exterior (orden,
silencio, determinados comportamientos deseables, etc.). Esta disciplina
exterior (que es necesaria) debe subordinarse a favorecer en el educando una
progresiva experiencia de autocontrol.

Recordemos que sin disciplina
interior (verdadera disciplina) no hay carácter, no hay personalidad, sino un
mero amaestramiento.

La disciplina, sin la menor duda es el aprendizaje
de la libertad verdadera, de la libertad interior, pues como bien afirma F.W.

Foerster: «La disciplina y la obediencia sirven de preparación para la libertad
de la personalidad».

La disciplina que parte de una firme decisión
educativa y no de las compensaciones autoritarias de los educadores, proporciona
al niño una gran seguridad emocional, ya que, de no contar con unas normas
claras para orientar su conducta y controlar sus impulsos, el niño termina por
sentirse confuso e inseguro. Sin olvidar que toda disciplina debe estar fundada
sobre el amor.

CRÍA CUERVOS cuando el enemigo es nuestro hijo

Durante el pasado 2005 las fiscalías de menores españolas
tramitaron 6.000 denuncias de padres que habían sufrido agresiones
por parte de sus propios hijos. Víctimas y verdugos a
un tiempo, los niños tiranos son el producto más evidente
de una Educación que parte de supuestos erróneos: la ausencia
de normas, la sobreprotección a toda costa y la concesión
inmediata de cuantos caprichos demanden nuestros
hijos. «Hay niños de siete años que dan puntapiés a sus madres,
y éstas les dicen ´eso no se hace´ mientras sonríen», asegura
Javier Urra en su última obra El Pequeño Dictador. La
falta de juegos colectivos con otros niños, la normalización
de la violencia en televisión y el aumento de las separaciones
traumáticas son otros factores que favorecen la aparición
de un fenómeno inédito en otras épocas.

Autor: RODRIGO SANTODOMINGO

Caprichosos, mimados y sobreprotegidos, los niños tiranos son quizá la cara menos amable de un tipo de Educación que hace tiempo decidió dar la espalda al no, la frustración y la imposición de límites. Una forma de educar basada en la transigencia extrema y el acopio de bienes materiales sin ninguna clase de condiciones. Un modelo formativo que entiende de derechos pero no de deberes. Tras la publicación de El Pequeño Dictador por Javier Urra –primer defensor del menor en España y actualmente psicólogo en la Fiscalía de Menores de Madrid–, el tema está más de moda que nunca. Televisiones y medios impresos le han dedicado espacio y tiempo abundantes, muchas veces resaltando el amarillismo que destila el asunto y destacando una cifra alarmante. Sólo en 2005, la justicia española recibió unas 6.000 denuncias de padres agredidos por sus hijos. A estas hay que añadir los muchos casos protagonizados por menores de 14 años que no recogen las estadísticas.
Y es que el surgimiento de tiranías caseras en las que los papeles tradicionales aparecen invertidos atrae nuestra atención tanto como escandaliza nuestras conciencias.
Más aún, el fenómeno encierra una paradoja que no puede sino desconcertar a los progenitores que decidieron acogerse al modelo permisivo: por no maltratar a mi hijo bajo ningún concepto, he terminado siendo maltratado por él.

¿VÍCTIMA O VERDUGO?

Para evitar malentendidos, Urra inaugura su obra con una advertencia: «La mayoría de los jóvenes no son tiranos, claro que no. Y en todo caso muchos más son víctimas de malos tratos que verdugos».
Denotando un cierto sentimiento de culpa, consciente de que su imagen pública está fuertemente asociada a la lucha por los derechos de la infancia, el autor tarda poco en restar responsabilidad al hijo que ejerce de pequeño dictador. «Los niños pueden no ser inofensivos, pero sí inocentes. Su culpabilidad, su responsabilidad ha de ser compartida por quienes los educamos o maleducamos, los que olvidamos darles las instrucciones de uso para manejar la vida y no les indicamos cómo respetarse a sí mismos y a los demás».
¿Pero cuáles son esos déficits educativos o factores sociales que empujan a un bebé sano (física y mentalmente) y acomodado a las garras del despotismo e incluso la crueldad hacia sus padres?
Hay algunos que se repiten en todos los casos (ver entrevista a continuación), sobre todo la ausencia de límites o el repudio de la frustración. Actitudes ante la Educación que Urra enmarca en una cambio de valores más profundo: «Hemos pasado de la moral del sacrificio y la renuncia al hedonismo. Todo se quiere alcanzar sin esfuerzo».

SEPARACIONES

A esto se añade el papel de unos medios de comunicación que, por repetición y frecuencia, «difuminan la gravedad» de los actos violentos.
Luego están los condicionantes que aparecen en el entorno más inmediato del niño. Ante todo, la familia y todo lo que la rodea: el número de hijos (o hermanos), las separaciones, el estado de la relación matrimonial…
No en vano el niño tirano suele ser hijo único o el más pequeño de la familia. Tampoco es infrecuente que sus padres se hayan separado, casi siempre (en este caso) desplegando una amplia gama de reproches, faltas de respeto, recelos y actitudes poco conciliadoras que descolocan al hijo y, peor aún, le hacen que digiera y normalice la violencia intra-familiar.Por último, ya sea por falta de tiempo o de interés, muchos padres «no ejercen su deber. Han dejado en gran medida de inculcar lo que es y lo que debe ser. Intentan compensar la falta de dedicación a los hijos tratándolos con excesiva permisividad».
Laxitud en la norma, ñoña sobreprotección, violencia legitimada… Un explosivo cóctel que, unido a otras causas individuales, está dotando a nuestros hijos de todas las armas necesarias para que impongan su ley en casa. La solución empieza cuando el hijo nace, y se llama firmeza, cariño y algo de sentido común.



JAVIER URRA

AUTOR DE EL PEQUEÑO DICTADOR

«Es muy difícil ser un canalla cuando notas el sufrimiento ajeno»

Sentado en una terraza del Retiro mientras disfrutamos de una espléndida mañana de fin de semana, Javier Urra despliega su amena locuacidad para explicar cómo y por qué algunos niños y adolescentes cambiaron su inocencia por la inflexible batuta del dictador casero.

P. ¿Hay niños que nunca serían tiranos aunque se dieran todas las condiciones para que lo fueran?
R.
Lo que tengo claro es que ningún niño bien educado sería tirano. Hay niños más difíciles, pero la herencia marca una tendencia, no condiciona. La Educación es fundamental. Si un niño nace bonachón, buen chico, afable, sonriente, cariñoso… y los padres se proponen que sea un chaval conflictivo, hacen una quiniela para fallarlas todas, pues será problemático.
P. ¿Y cuál es la buena Educación para conseguir que no lo sea?
R.
¿Qué es educar? Son aspectos tan sensibles, tan callados, tan de persistencia, tan de coherencia… La gente pregunta ¿y qué le tengo qué decir? ¿y cuándo se lo tengo que decir? ¿y con qué comunicación no verbal? Luego está claro que cada hijo es diferente, no se puede educar igual a todos. Pero el problema central es que se sobreprotege mucho. Hay muchos niños solos, que no salen a jugar a la calle, que no entran en contradicción con nadie, con madres que establecen relaciones casi edípicas.
P. Entre los errores educativos que favorecen convertir al niño en dictador de sus padres, ¿existe alguno que se repita en todos los casos, que sea sine qua non?
R.
No poner límites y no aceptar la frustración. La frustración es parte de la vida. Hay veces que se te muere un amigo, otras vas a coger el coche y se te ha pinchado una rueda. Hay quien reacciona liándose a patadas y quien dice, mira, es la vida… Pero eso hay que transmitirlo. Si todo en casa es presión de consumo, todo «yo el primero, yo soy un depredador…», pues es complicado. Es necesario que tengamos un sentido de trascendencia, de la caridad, la compasión. Es muy difícil ser un canalla si notas el sufrimiento de los demás.
P. ¿Por qué es más fácil que aparezca un tirano en familias con padres separados? ¿Influye más que en esas situaciones se tiende a mimar aún más al niño o quizá que es más difícil educar en soledad?
R.
No pienso que sea cuestión de ser sólo uno. Entre las viudas sería muy difícil que el niño saliera tirano. Sí se da con mayor frecuencia cuando uno de los dos induce contra el otro, cuando hay una lucha de lealtad, cuando las familias se enfrentan, cuando se da un secuestro emocional, el no dejar ver al otro. La verdad es que las separaciones mal llevadas, que son la mayoría, producen una tensión emocional al niño muy nociva.
P. ¿Piensa que la Educación sin límites está empezando a cambiar? ¿qué cada vez hay más gente concienciada de que el darle todo al hijo es contraproducente?
R.
No creo. Espero que este libro sea uno de los primeros que haga ver que no vamos en la dirección correcta. Creo que los hechos son tozudos: la gente sigue sobreprotegiendo. En este sentido, pienso que deberíamos volver a los derechos colectivos en lugar de centrarnos tanto en el derecho personal. El ponerse en el lugar del otro, aquello de que los derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás.
P. ¿Cree que el niño tirano suele ser consciente de la gravedad de sus actos? Vi un caso en televisión en el que el niño parecía que tuviera un verdadero trastorno bipolar. Una fiera a veces y otras un corderito arrepentido.
R.
El niño no es un enfermo: sabe lo que hace y sabe lo que quiere. No es capaz de controlarse cuando no se satisface un capricho, pero sí se da cuenta de que lo que hace no está bien. Pero lo hace, siente que tiene que hacerlo, que incluso se lo está demandando el otro. Y esto le produce muchas dudas y un trastorno interno tremendo. En realidad son víctimas de un tipo de maltrato: las fallas de la Educación.
P. Quizá al principio los padres maltratados cedan por comodidad o por falta de recursos de conducta,¿pero es normal que al final lo que tengan sea verdadero miedo a lo que les pueda hacer su hijo?
R.
Sí, sí. Hay un primer momento en el que la madre cree que no enfrentarse, que darle todo, es la pauta educativa correcta. Luego el niño empieza a chantajear: si no haces esto no te quiero, no eres mi madre. La violencia es el último paso. Y al final hay miedo, claro que sí. Nosotros sabemos de padres que duermen encerrados por lo que pueda pasar.
P. El comportamiento tirano, ¿suele desaparecer cuando el niño se acerca a la edad adulta?
R.
No, al revés. Va a más, va en progresión geométrica y se dispara a los 16-18 años, que es el tramo en el que se dan los casos más graves. Lo que en la Fiscalía de Menores no sabemos es qué ocurre después. Mi hipótesis es que muy probablemente se convertirán en agresores de sus parejas y de sus hijos.
P. ¿Cómo se actúa frente a los pequeños dictadores desde el punto de vista legal?
R.
Desde la Fiscalía la solución es decirle al niño «stop, punto, vas a ser sancionado, se te va a quitar la libertad». Luego se retira la tutela a los padres y los servicios sociales trabajan con ellos y con el menor. Se les pregunta cómo afrontan las riñas, se les hace saber qué han podido hacer mal. Y se les dice que la próxima denuncia no serán seis meses de internamiento, sino tres años. En los casos menos graves puede valer un experto o simplemente un referente familiar que encauce las cosas.
P. ¿Hay casos de niños maltratadores en casa que luego salen fuera y aparentan ser perfectamente normales? Un poco como el maltratador que en sociedad es un encanto.
R.
Existen los dos casos. Está el que no es capaz de controlarse en ningún sitio y exporta esa agresividad a la escuela, a todos sitios. Y luego tenemos un tipo de chaval que en la calle es sano, majete, pero que en casa cree que tiene una esclava, y está convencido de ello. Ese es más difícil de controlar.

 INFIERNO CASERO

Gracias a su amplia experiencia en el trato con menores conflictivos, Javier Urra ha tenido acceso directo a muchos casos de niños y adolescentes maltratadores. Otros los conoce por su mera condición de investigador del fenómeno. Resumimos a continuación algunos ejemplos incluidos en el libro del ex defensor del Menor de la Comunidad de Madrid (nombres ficticios).

– En 2005, la madre de Diego (11 años) denuncia las continuas agresiones e insultos a que le somete su hijo. El caso aparece en televisión: durante dos meses, dos periodistas conviven con la familia y filman una interminable cascada de gritos, vejaciones y pataletas. La madre recuerda que su segundo marido solía decirle que parecía que estaba «casada con su hijo».

– Una madre llorosa cuenta a un catedrático de la Universidad de Málaga que su hijo le ha dado una patada por taparle el televisor mientras marcaban un gol. La madre se limitaba, como todas las noches, a servirle la cena en una bandeja… Asegura que nunca le ha reñido porque en las «películas americanas» los psicólogos aseguran que esto podría traumatizar al niño de por vida.

– Un periódico nacional da a conocer en abril de 2005 el caso de un niño de siete años que muestra un comportamiento inusitadamente violento contra su madre y su abuela. Las agresiones empezaron a los tres años, pero la madre dejó hacer porque interpretó que la actitud del niño era lógica ante un proceso de separación.

– Dolores agrede con arma blanca a su tía con su madre presente. La familia es de clase media-alta. Los padres atribuyen la agresión a que su h
ija ha tenido su primera menstruación hace un año. Desde entonces, aseguran, los problemas de comportamiento no han cesado.