En las últimas décadas, la comunidad internacional ha organizado sus prioridades educativas en torno a metas medibles y horizontes temporales concretos. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) al 2030 son quizá el ejemplo más visible de este esfuerzo por estructurar el progreso en indicadores verificables. Sin embargo, conforme se acerca esa fecha, surge una pregunta inevitable: ¿qué viene después? ¿Estamos midiendo correctamente el avance o deberíamos comenzar a evaluar el impacto más allá del calendario?








