Las prácticas restaurativas aportan un cambio de mirada, donde los conflictos se perciben como un proceso de aprendizaje en el que se distingue entre persona y conducta y, además, se fomenta una perspectiva proactiva empoderando a los protagonistas durante el proceso. Se persigue potenciar una moral autónoma con responsabilidad, así como adquirir competencias socioemocionales.






