Quienes nos dedicamos de forma habitual a la formación del profesorado en activo somos, por lo general, conscientes de sus limitaciones. Estas suelen coincidir con lo que señala gran parte de la evidencia científica en este ámbito: formaciones que, tras una exposición científico-técnica, no tienen medios para abordar la transferencia real al aula de lo aprendido; que no permiten el seguimiento ni la resolución de dudas que surgen en la práctica; que no tienen mecanismos sólidos para evaluar ni el aprendizaje de los asistentes ni su impacto en el progreso del alumnado; que están poco conectadas con la aplicación de programas educativos concretos y que no consideran los centros desde una perspectiva holística. A esto hay que añadir que, a menudo, se falla lamentablemente en alinear de forma razonable los contenidos impartidos con las mejores fuentes de conocimiento disponibles, así como de conectarlas adecuadamente con el currículo. No obstante, pese a los posibles errores cometidos, me parece, mayormente, un problema estructural que trasciende la búsqueda de responsabilidades individuales.
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