La convivencia escolar no se construye únicamente mediante normas o programas específicos, sino en la experiencia diaria que el alumnado vive en los espacios y tiempos cotidianos del centro educativo. En los centros de educación especial, donde estos aprendizajes no pueden dejarse a la espontaneidad, la intencionalidad pedagógica se vuelve imprescindible. La vida cotidiana —comer juntos, desplazarse, participar en tareas funcionales o desarrollar proyectos compartidos— se convierte así en un escenario privilegiado para el aprendizaje social. Analizar estos espacios permite comprender cómo la convivencia se aprende en la práctica y qué claves pueden transferirse a otros contextos educativos.








