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El consentimiento y los caprichos excesivos, cuando son demasiado frecuentes y sin marcar límites, arrebatan a los niños la sensación de placer, pues no se les da la oportunidad de disfrutar de momentos únicos y extraordinarios. Los niños a los que se les consiente en exceso nunca tienen la sensación de que algo es excepcional, puesto que todo lo dan por sentado. Lo único en lo que un niño consentido se puede centrar es en cómo puede conseguir más.





